viernes, 10 de enero de 2014


EL  MONO   DEL   MONTÓN

 Había un montón de monos, y él era uno más entre los muchos. Un mono cualquiera, o uno ninguno.
 Por ahí se armaba un marcado rocanrol sobre las calles, un acá andamos con ritmo de candombe a los apurones.
 Y millones de caras de los monos cansados de tanto llevar puestas encima sus armaduras. Y un tlacatlán hipoacústico de tintineos subliminales, ocasionado por el entrechocar continuo de sus blindajes de lata.
 El mono iba metido en su coraza a la cola del montón, con un número instalado en sus papeles, un poco convencido por ese numerito que le tocaba ser, o como siendo alguien por ese número.
 Pero no era otra que un mono amontonado en la muchedumbre, siempre bajo una estrella opaca que lo agrisaba sin variantes.
 Intentando a cada paso alguna alternativa de cambio para posicionarse mejor entre esas formaciones de monos imbuidos de un perfecto estado de adecuación a las realidades dadas.
 Por lo común ubicaba algunas salidas lo bastante aceptables como para huir de la malaria agobiante hacia la que este sistema selvático lo empujaba a diario.
Sin embargo, ante cada posible puerta de escape se atascaban infinidades de monos, en el deseo urgente de obtener sus propias salvaciones individuales.
 Y él, que era sólo un mono más.
 Uno más, entumecido bajo el peso de su armadura, el elemento indispensable para que nunca nadie pudiera llegar a molestarlo.
A veces, por probar, se levantaba la visera del casco, como para insinuarles algo de pasada a esas monas que lo perturbaban con su desfile de caparazones de geometrías volubles, cálidas y sugerentes.
 Pero era todo inútil. El no poseía un navío superestelar con el cual invitarlas a disfrutar de aquellos paraísos materiales que sólo podrían adquirirse mediante alguna heroica aventura conquistadora, de aquellas aventuras que ¿él? ¿él?, no, por supuesto que ¿él?, no, él jamás.
 De a ratos se sentía como en un bajón; pero eso únicamente en sus días buenos, porque, por lo demás, no se sentía nunca nada.
 Él era apenas un mono, uno de los tantísimos monos que eran.
 Con su perspectiva de futuro bien parejito y con un nombresucho repetido, que podría bien ser el de alguna marca menor dentro del mercado de los electrodomésticos.
 Le quedaban, aparte, unas cuantas imágenes prendidas a los colores gastados de su memoria, lo que le tornaba más llevadero el haberse pasado la vida tan al ras del tiempo.
 Él era un mono de cierta época en la cual madurar significaba, en realidad, haberse rendido prisionero de incontables obligaciones.
 Esa época en la que, por imperio de cierta divina selección artificial, únicamente los monos más aptos se encaminarían con seguridad hacia alguno de aquellos triunfos tan bien promocionados.
 Y él, que era sólo un mono, uno más del montón.
 Y para colmo, todo el santo día con la cabeza llena de estas puras  monudeces.

 

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