EL
MONO DEL MONTÓN
Había un
montón de monos, y él era uno más entre los muchos. Un mono cualquiera, o uno
ninguno.
Por ahí se armaba
un marcado rocanrol sobre las calles, un acá andamos con ritmo de candombe a
los apurones.
Y millones de
caras de los monos cansados de tanto llevar puestas encima sus armaduras. Y un
tlacatlán hipoacústico de tintineos subliminales, ocasionado por el entrechocar
continuo de sus blindajes de lata.
El mono iba
metido en su coraza a la cola del montón, con un número instalado en sus
papeles, un poco convencido por ese numerito que le tocaba ser, o como siendo
alguien por ese número.
Pero no era otra
que un mono amontonado en la muchedumbre, siempre bajo una estrella opaca que lo
agrisaba sin variantes.
Intentando a cada
paso alguna alternativa de cambio para posicionarse mejor entre esas
formaciones de monos imbuidos de un perfecto estado de adecuación a las
realidades dadas.
Por lo común ubicaba
algunas salidas lo bastante aceptables como para huir de la malaria agobiante
hacia la que este sistema selvático lo empujaba a diario.
Sin embargo, ante
cada posible puerta de escape se atascaban infinidades de monos, en el deseo
urgente de obtener sus propias salvaciones individuales.
Y él, que era sólo
un mono más.
Uno más,
entumecido bajo el peso de su armadura, el elemento indispensable para que
nunca nadie pudiera llegar a molestarlo.
A veces, por probar, se levantaba la visera del casco,
como para insinuarles algo de pasada a esas monas que lo perturbaban con su
desfile de caparazones de geometrías volubles, cálidas y sugerentes.
Pero era todo
inútil. El no poseía un navío superestelar con el cual invitarlas a disfrutar
de aquellos paraísos materiales que sólo podrían adquirirse mediante alguna
heroica aventura conquistadora, de aquellas aventuras que ¿él? ¿él?, no, por
supuesto que ¿él?, no, él jamás.
De a ratos se sentía
como en un bajón; pero eso únicamente en sus días buenos, porque, por lo demás,
no se sentía nunca nada.
Él era apenas
un mono, uno de los tantísimos monos que eran.
Con su
perspectiva de futuro bien parejito y con un nombresucho repetido, que podría
bien ser el de alguna marca menor dentro del mercado de los electrodomésticos.
Le quedaban,
aparte, unas cuantas imágenes prendidas a los colores gastados de su memoria,
lo que le tornaba más llevadero el haberse pasado la vida tan al ras del
tiempo.
Él era un mono de
cierta época en la cual madurar significaba, en realidad, haberse rendido
prisionero de incontables obligaciones.
Esa época en la
que, por imperio de cierta divina selección artificial, únicamente los monos más
aptos se encaminarían con seguridad hacia alguno de aquellos triunfos tan bien
promocionados.
Y él, que era
sólo un mono, uno más del montón.
Y para colmo,
todo el santo día con la cabeza llena de estas puras monudeces.
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