EL MONO DESNATURALIZADO
Otro día de amasijo en la
ciudad cementera.
El mono desnaturalizado corretea por pasillos que son todos iguales, hacia sucesos iguales, como repitiendo y repitiendo los días iguales, excepto algunos días que son diferentes, siempre igual de diferentes.
El mono desnaturalizado corretea por pasillos que son todos iguales, hacia sucesos iguales, como repitiendo y repitiendo los días iguales, excepto algunos días que son diferentes, siempre igual de diferentes.
Peregrina
por cientos de vidrieras, ventanillas y ventanales, y en ninguna parte una
plantita, y una flor mucho menos.
Los árboles
hace rato que dejaron de existir bajo las mareas de hollín, y luego fueron talados
para usarse como leña frente a alguna crisis de combustible.
El mono
transita rodeado de imágenes inmensas de objetos para comprar, ambientados con
los paisajes más hermosos que hubo en la naturaleza, ya hoy sólo imágenes que lo
invitan a ingerir preparados químicos con gusto a carne o a vegetal, según los
adictivos que contengan.
Su cuatriciclo automático se desliza hacia el
sitio prefijado, eludiendo obstáculos e inconvenientes.
El mono
duerme en su asiento de piloto y al zumbido del motor sueña que prospera en un
mundo de cemento, andando territorios cubiertos por capas de cemento, con ríos
y con océanos de cemento y altísimos muros de cemento bajo las nubes calcinadas
e inmóviles.
Al doblar
rápido una esquina despierta correctamente sujeto a su cinturón de seguridad y suelta
un grito que nunca antes había escuchado.
Allá
arriba, entre dos azoteas, el sol es un manchón de yeso en el cielo, alumbrado
de lejos por un refulgir de pantallazos publicitarios.
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