sábado, 17 de mayo de 2014

ASTRONAUTA ALCOHÓLICO - cuento

ASTRONAUTA ALCOHÓLICO

Qué raro que algo tan evanescente provoque un estropicio tan concreto, tan real, tan sólido, contundente. Tanto desastre.
Se trata del alcohol.
Se lo toma contra el mal del aburrimiento, del desánimo, de la frustración. Pero su exceso agrava esos mismos pesares que se pretende curar o apaciguar, u olvidar o siquiera adormecer.
Las consecuencias dramáticas de esto comienzan a notarse en algún momento.
En la Luna mucho más rápidamente.
Porque en la Luna, de noche, los astronautas beben extracto de alcohol en forma de caramelos color aluminio. Y si se pasan de caramelos hacen cosas peligrosas de acometer en la Luna. Corren riesgos.
Como patear con fuerza sobre la superficie y salir flotando al espacio por algunos minutos, lo cual se logra con las suelas rebotantes, de rebotancia especial, que se utilizan sobre el satélite planetoide.
El problema del rebote es la caída, que nunca puede ser demasiado gravosa debido a las mismas suelas, hechas para resistir el continuo andar rebotando de los astronautas en la Luna, y que pueden resistir caer desde una altura de quilómetros. Pero el problema de la caída es la condición beoda del astronauta, la cual no le permite afirmarse con precisión al momento del realunizaje, y factiblemente se vaya de costado, no pudiendo evitar ir a desplomarse hacia alguno de los tantos cráteres que por ahí abundan.
Así se observa lo cuestionable que resulta en la Luna entregarse al vicio del caramelo de alcohol.
El traje espacial, de alguna vez flamante, pasa a quedar convertido en una arpillera del espacio en el revuelco a los tumbos barranca abajo por el cráter, rodando sin parar, como un amasijo abollado. Tal vez un poco en cámara lenta, pero irremediablemente rápido.
Cuando al fin se ha detenido y a pesar de los raspones que sacan hilachas de amianto y de celofán blindado, el astronauta consigue reorientarse en su nueva ubicación dentro de ese mundo extraño.
Las penumbras del cráter revolotean a medida que las recorre bajo el haz de su linterna, y se descubre atascado al borde de una barranca rocosa, circundado por precipicios. En el cielo del cráter, las pocas estrellas a la vista burbujean, inflamándose y retrayéndose, como si amenazaran con venir a desplomarse para este lado, pero nada más que eso.
Gracias a las botas rebotantes no podría resultar ninguna tribulación escapar del cráter. Bastarían algunas patadas contra el piso para impulsarse hasta el borde. El problema es que eso requiere precisión de cálculo, y el astronauta acaramelado de alcohol desacierta las distancias y no valora el declive de las laderas.
Y esto el astronauta lo conoce, y un presentimiento de borrachera le indica que debe permanecerse quieto en espera de que con el paso de las horas se le disipen los vapores del extracto.

Lo que se añora en las noches lunares son las lluvias de meteoritos, que en la Tierra nos dan unos espectáculos inusuales o agradables.
Pero en la Luna no.
En la Luna, los aerolitos caen como vienen, sin deshacerse antes.
Aun así no es común que caigan.
Cae sólo uno en un millón.
Los demás van todos a fulminarse contra la atmósfera terrestre, por el mayor poder gravitacional.
Pero ese meteorito único que cae, entre aquel millón que siguió de largo, puede tener consecuencias fatales. Y esto preocupa a los astronautas mientras están fuera de las cúpulas antimeteoritos cumpliendo con sus deberes de astronautas, labrando las actas del suelo lunar y sus detalles orográficos, o enroscando tubos con tubos que bajan a lo largo de las trepanaciones que perforan el casquete reseco para descubrir qué se encuentra por debajo de la superficie.
Y cualquier cosa que se encuentre será una sorpresa. ¿Agua? ¿Lava? ¿Metales preciosos, como por ahí se dice?
Pero de momento se ha perforado hasta una profundidad de más de doscientos metros y todavía se continúa escarbando la misma materia de polvo inservible, del cual se piensa que esté constituida toda la Luna.
Posiblemente ahí, en el fondo del cráter, intentar algo con la radio no va a servir de nada, salvo que fuera un cráter con antena direccional instalada, pero son pocos los cráteres con servicio de transmisión a microondas, y éste en el que el astronauta ha caído no es uno de ésos.
Luego de que los sensores visuales se acostumbran un poco a la oscuridad, la lente de captación le permite empezar a distinguir una cierta luminosidad color azul crepúsculo. Porque en la Luna los crepúsculos son azules.
A lo largo de los miles de millones de años desde que se produjo el impacto que formó este cráter no ha habido ningún fenómeno erosionador, y sus acantilados se notan cincelados por ese objeto cósmico que los cavó, disolviéndose con el golpe, convirtiéndose en un residuo denso extendido alrededor del cráter, y formando una circunferencia montañosa de extraños materiales interplanetarios.
También, por supuesto, es posible que en el fondo del cráter hubieran caído algunos restos, o sino que todo el cráter esté recubierto por un baño de meteorito pulverizado.
Y tal vez sea así, y por eso, por esa lámina de moléculas extrañas, ahora todo el cráter pareciera comenzar a brillar con una irradición ionosférica.

Lo primero que hay que hacer al pasar unas horas en un cráter profundo, hasta que al fin te encuentren, es constatar que todos los instrumentos del traje espacial estén funcionando bien, lo que no siempre es posible en el caso de una ebriedad lunática. En particular si se ha sido enviado con un grupo de rastreo a un campamento experimental junto al Mar de las Crisis.
El operario Wriwrli, de las grandes compañías argentinas del espacio, que proveían todo tipo de personal para desempeño en tareas extraterrestres, había llegado a la Luna por primera vez en su vida hacía un par de semanas, y ahora se podría haber dado cuenta de que estaba encontrándose afectado por una crisis de adaptación, si no hubiera estado tan ebrio que se podía dar cuenta de muy poca cosa.
Y habría tenido que reconocer que ése era el motivo por el que se hubo estado dando a los caramelos desde que terminó su turno laboral de ese día; porque le habían dicho: “-Mañana no se trabaja-”, informándolo que estaban en un sábado a la noche.
Aunque eso de la fecha venía a ser sólo un postulado gremial para las barracas de los trabajadores manuales.
La verdad sobre el día en que estaban no podía conocerse con rigor porque por más que se hiciera era imposible seguir la contabilidad de las rotaciones terrestres independientemente de la mecánica orbital de la Luna. Así que estaba en trámite la organización de un calendario y de los husos horarios específicos para el satélite natural.
Wriwrli, de todos modos, sintió con nostalgia que sí era un sábado, como a las once de la noche, horario argentino.
Presintió que le estaba dando el “caramelo triste”, una de las reacciones psíquicas más comunes después de la ingesta alcohólica, pasado un rato. Era el sentimiento de no haber estado nunca en un sitio en que se creía que tal vez se habría vivido mejor, y recordarlo sólo de alguna historia que le contaron, sin tener otra ambición en la vida que la de ir a conocerlo algún día.
-¿Qué hago yo en la Luna?
Ésa era la pregunta que les surgía espontáneamente irrefrenable a quienes les agarraba el caramelo triste, y ya dejaban de pensar en que habían dejado la Tierra por irse a ganar una diferencia en pesos trabajando una temporada en una empresa lunar, y empezaban a pensar que la Luna era su hogar de nacimiento, y que más que nada vivían para estar juntando esos pesos que les permitieran ir a visitar ese lugar de la Tierra que tanto imaginaban, habiéndose olvidado de cuánto era lo que en realidad lo habían conocido hasta el hartazgo.

Wriwrli había quedado atrapado hacia lo profundo de una ladera, entre rocas arrancadas por la eclosión del meteorito, que llegaban a conformar un círculo alrededor del fondo propiamente dicho.
Alumbrando con la linterna, probó ir descendiendo entre ese laberinto de piedras erguidas en filos como enormes cactus fósiles.
¿Qué iba a hacer allá en el fondo? No se lo preguntó, porque su mente anegada por la ebriedad no podía concebir que existiera futuro más allá de unos minutos de distancia.
Empezó a bajar abruptamente, errando de roca en roca según el declive del cráter, al principio golpeándose casi peligrosamente, pero a medida que descendía y el declive se hacía cada vez más suave se iba dejando llevar, deslizándose estáticamente, cada vez con más lentitud, hasta que se encontró ante la superficie plana del fondo, un suelo vítreo de unos metros de diámetro, tan liso que las moléculas de polvillo se habían ido corriendo solas a causa de la rotación lunar, y lucía impecable.
Apagó la linterna y se quedó mirando extasiado en la oscuridad absoluta ese espejo negro que reflejaba las estrellas.
Si hubiera estado en condiciones intelectivas normales, Wriwrli se habría preguntado qué sería aquello, pero ahora no le quedaba más que el asombro y un dilema sin pensamientos.
De pronto, acometió dos brincos bamboleantes y alcanzó a pisar sobre ese suelo de espejo y dio un resbalón que casi se cae.
Era difícil mantenerse en pié, porque en esa superficie sus botas se desplazaban hacia sentidos opuestos y Wriwrli tendía a quedar despatarrado.
Así, con un automatismo de inconsciencia, se sostuvo a pasos de robot, pisando de estrella en estrella las estrellas reflejadas sobre aquel suelo pulido.
Hasta que, por fin, en la flojera del bajón alcohólico, nada más se acostó ahí mismo, de espaldas, contemplando las estrellas reales entre el círculo montañoso que erizaba la abertura del cráter.
Debido a la perfecta tersura de la superficie del fondo, Wriwrli rodó imperceptiblemente, girando sobre sí mismo, hasta que en una oscilación de su traje espacial se volcó hacia un costado y después el impulso lo tumbó de pecho y el cristal del visor del casco pegó contra ese cristal del fondo del cráter, y Wriwrli pensó que alguno de los dos cristales iría a quebrarse, pero no; y él se quedó mirando directo al interior de la Luna, y lo que vio fue un diagrama de las estrellas repetidas miles de veces dentro de aquel espejo hondo de la noche. Y dedujo que la Luna era un organismo vivo casi todo hecho de cristales y de reflejos.
En ese momento, Wriwrli habría deseado mandarse otro caramelo de alcohol, pero se le habían terminado.

Justo en las antípodas, en un pleno mediodía lunar, un equipo de trabajo desmontaba un taladro con el que se había perforado un pozo de un metro de diámetro y más de trescientos metros de profundidad, distancia a la cual habían quedado atascados los últimos días, sin poder continuar por la resistencia de algún estrato geológico de rocas de extremada dureza que hicieron que la helicoidal del trépano se recalentara y comenzara deformarse.
Ahora, ya con toda la tubería de acople retirada de la perforación, iban a trasladar el taladro hacia algún otro punto, en la intención de avanzar más fácilmente hacia abajo.
Un astronauta operario caminó a saltos hasta el foso recién desalojado, portando una tabla metálica para tapar el agujero de la entrada.
Pero un momento antes de hacerlo, la luz del sol del mediodía entró de lleno en el foso, hasta el fondo, iluminando el mineral inexpugnable que había impedido que el trépano progresara.
Así, durante un segundo, la luz solar tocó ese metro cuadrado del diamante colosal que conforma el cuerpo de la Luna.
Y con aquel segundo de luz, el interior de la Luna se transformó en una esfera de luminosidad total, centelleando secretamente por debajo de la capa del polvo acumulado durante miles de millones de años de los aerolitos que se aniquilaron al golpearse contra la dureza absoluta del diamante.
Y atrapada en el cristal, desplegada y recompuesta en infinitas refracciones, a medida que atravesaba las moléculas del diamante, la luz llegó en un fogonazo inconcebible hasta el otro lado de la Luna, donde Wriwrli miraba beodamente en el espejo del fondo del cráter las estrellas multiplicadas dentro del universo caleidoscópico del interior lunar, más diáfano y más estrellado que el universo de veras.
Y en un momento, toda la luz solar estalló ante él, subdividida en miles de millones de reflejos que no podían diferenciarse unos de otros en el astronómico relampagueo de ese alud de luz, y que tampoco habría podido definir de qué colores era, porque era un relámpago a todo color, en una gama infinita de colores que le habría llevado toda una eternidad recordarlos uno por uno.
La luz llenó su casco y desgastó algunos átomos más de su traje espacial.
Wriwrli pensó, por supuesto, que la Luna se disolvía en una explosión atómica.
No tuvo oportunidad de enterarse de más.

Por única vez la luz tocó los escondrijos milenarios entre las rocas del cráter, en el segundo del sol detonando por todo el diamante hasta brotar como un bramido al otro lado de aquel mundo estéril, sin más almas que las de algunos astronautas solitarios, de vez en cuando un poco dados a los caramelos alcoholizantes.

En el instante en que las tinieblas regresaban devorando de una dentellada lo que fuera ese bocado de luminiscencia, Wrinkli oyó la señal de alarma de su traje, anunciándole que sus tanques de oxígeno se habían vaciado por completo.
No supo bien cuánta importancia concederle a ese acontecimiento.
Cuando sus sensores visuales se reacostumbraron a la oscuridad, Wrinwrli ya empezaba a dormitar en su agonía, volviendo a ver hacia el fondo del cristal las estrellas que en ese momento pasaban por el cielo del cráter, multiplicadas en el diamante, superponiendo varios universos de estrellas repetidas, refractadas, y refraccionadas geométricamente.
Y detrás de las estrellas, el diamante regresaba a una oscuridad tan insustancial como sólo puede serlo el material de un diamante para un haz de luz.
La débil señal de emergencia remanente de la radio de Wrinwrli recién fue captada cuando ya las cuadrillas de exploración no sabían si seguir buscándolo.

Desde entonces empezó a comentarse la historia del astronauta ebrio que había descubierto que la Luna era un diamante.

sábado, 1 de marzo de 2014

CAMBIOS EN LA NADA _ poesía social


CAMBIOS EN LA NADA  POESÍA SOCIAL
 
 
 
INSURGENTES
 

Hay una humanidad de seres cautelosos

que desgreñan las membranas de los avisos murales,

y que dentro del sopor de la jornada laboral

irrumpen sobre los sueños monetarios

con su presencia confusa y momentánea;

como un algo inexacto

entre los párpados de las veredas,

o como una sonrisa áspera,

dispuesta contra el pronóstico del dólar

para los próximos meses.

 
Son una especie de malentendido existencial,

por ejemplo: un dibujo animado

sobresaliendo en el centro de una tragedia lírica.

 Así de exorbitantes,

un tanto incomprendidos,

o a lo mejor erráticos.


Auscultan el silencio retenido en las altas esferas

y hurgan bajo los instantes de las memorias.

Recitan alabanzas inconclusas

al transcurrir de las horas en un vértigo,

y al día demás que se les impone

con su inevitabilidad mecánica,

transgrediendo los pasados terribles y perfectos

que acabamos de dejar en el olvido.


No se han planchado la ropa

y por eso sus trajes relucen como truenos de hojalata,

entre los uniformes rigurosamente controlados.


Sus pelos parecen haber sido descolocados por manos inexpertas.

Su andar es observado con desdén por los propietarios de las tiendas de indumentaria

y de zapaterías, y por los joyeros

y por los fabricantes de gel para el pelo.
 

Frente a los pocos remiendos de la naturaleza

que brotan en la ciudad

toman aires de centinelas

y se detienen a presentir los olvidos de la especie.


Sobre la cáscara de los árboles

descifran las señales de un mensaje remoto.
 

Como conspiradores del desencuentro

se convocan en domicilios equivocados,

y se invitan a reuniones casuales

que tuvieren lugar un día de lluvia,

en algún barrio esporádico;

se citan donde nunca hubo nada,

y se atraen hacia esquinas imposibles

en direcciones ilógicas,

por calles y numeraciones ajenas a este universo,

y que sin embargo resultan siempre datos simples

y que parecen tan verdaderos.

 
A veces, pronuncian idiomas absurdos

con gesticulaciones ardorosas;

y hacen creer que se menoscaban unos a otros,

dados sus rictus de indignación

y sus estrafalarios ademanes dactilares.

Pero unos metros más allá ya se están riendo,

o quizás simulen reír,

o tal vez compartan una expresión que sólo casualmente imita una risa.


Aunque en realidad nadie sabe muy bien

qué podrán ser aquellas imposturas.

 
No les basta con perpetrar el error, la ineficiencia,

o algo peor: el azar temerario.

También entre ellos se ocasionan rebeliones

poco operativas y de difíciles estrategias,

que raras o nulas veces pasarán a mayores.

 
Cualquier Nochebuena trazan rayuelas en el asfalto,

y cruzan una avenida saltando en fila india,      

sin mirar más que las líneas y los números

marcados en el piso oscuro

con tizas de colores,

que los neumáticos borrarán enseguida,

justo cuando ellos alcancen el cielo

sobre el cordón de la vereda;

el momento exacto en que el semáforo larga

y los automovilistas aceleran cantando.

 
 
CAMBIOS EN LA NADA


Un acto de amor recorre el mundo.

Es un instante extraño

en donde cabe el universo entero, infinito,

con todos sus recuerdos

y sus proximidades.

 
Un acto de amor

despierta de la existencia

en el conflagrar de un sueño.

Es el latir de la materia durando una eternidad.


Un acto de amor recorre las galaxias.

Se bifurca en los pasadizos del tiempo.

Por la simple voluntad de estar

merodea esta realidad,

como a una sustancia incierta.

 
Un sólo acto de amor recorre el tiempo.

Es el tiempo.

Es ya. Ahora.

Es el acto de ser.

Un momento en que el futuro y el pasado

se nos presentan.



DESTEMPLADO

 
La  calle hoy tan sólo un gran cascarón del mundo;

la hora tenue en donde todo se sostiene

sin saberse cómo;

un mini milagro existencial de estar andando

ante los pabellones de la ciudad,

bajo esta insana eventualidad azul que se llueve

como gotas iluminadas del cielo;

mientras armamos nuestros paraguas a contraluces;

uncidos por el clima;

convocados ante los anuncios de la publicidad ideológica,

que se emiten en el nivel de subliminalidad aconsejable,

según los propios anunciantes.
 

En esta cáscara andada de lunes a lunes;

único día de la semana que se repite día a día;

las gotas contaminan de humedad radiante

todo lo que tocan,

posándose ya casi sin poder ser absorbidas por las telas,

por las maderas o por los papeles,

quedando siempre a punto de seguir cayendo algo más,

desde las ropas hasta la vereda;

desde los árboles hasta esos rectángulos de tierra

donde sobreviven acorralados;

desde las hileras de los ventanales

hasta los afiches de publicidad,

donde las gotas van a secarse,

dejando un esmaltado celeste lívido para cuando pare.

 
Itinerario desencontrado de la población

estadísticamente estabilizada,

pero tensada en su ambición de poseer un auto,

y al obtenerlo, erotizada por  la tensión de conducirlo;

y luego, la tensión y el desasosiego

de abandonarlo en un garaje, o mucho peor,

sobre el asfalto, durante las noches, al aire libre,

si es que hay algo de libre en todo esto.

 
Gente con incapacidades para involucrarse

en lo que debería importarles,

y que los deja en un silencio urbano,

asilados en los vehículos de pasajeros.

 
En la tarde, la lluvia sigue poniendo azul la ciudad

como un arrecife en el mar de la garúa.                                                               

Pájaros anfibios vuelan junto al tránsito,

salidos de cacería sobre las migas de galletas

que las personas sueltan a la lluvia,

desoladas bajo los aleros de los comercios,

envejeciendo otro poco,

en espera de que amaine

y se pueda proseguir hacia nuestros lugares.

 
El envase de gente con ruedas viaja de esquina a esquina,

persiguiendo un color de los semáforos,

esquivando automóviles y monopatines,

desplazándose sin control,

por efectos de esta humedad rara que le queda al suelo,

donde nada se agarra correctamente

según la gravedad normal,

como si el centro del planeta se hubiera corrido hacia alguna parte,

o ya no hubiera un centro gravitatorio,

y las cosas empezaran a ir cayendo para cualquier lado. 

 
Después de lo cual se produce un incidente común heterogéneo:

la fuerza de una discusión

que arrastra a la gente a incriminaciones furiosas,

agregado un viento repentino

que hace redondeles

perturbando lo que se escucha,

y tal vez se haya dicho demasiado

sin que llegaran a entenderse.

El envase de gente pasa por un barrio donde uno desciende,

y al caminar se golpean las pisadas

buscando anclarse en las ranuras de las baldosas,

evitando que la humedad lo deslice a uno hasta el cordón,

contra un auto estacionado,

o lo atasque junto a una vidriera,

sin poder continuar camino,

y se desmiguen galletas,

entreteniendo el hambre,

mientras llueve y envejecemos,

delineados por la vigilia de los pájaros.

 
La moda de los vestidos de hoy es con adornos

de asteriscos al tono,

pantalones como en salpicadura de barros

y camisas invisibilizantes.

 
Un holograma al paso va mostrando el último nuevo escenario de asesinatos en masa,

con profusión de explosiones y signos de venganza.                                                                                                 
Por los audífonos radiales se oyen barboteos desconocidos. 

De pronto hay un tronar de bombardero imperial

y uno instintivamente mira hacia arriba

por si no estará pasando algo en serio, acá,

en este momento.


Pero el holograma va corriéndose unos metros

y dobla por la otra calle,

con el público asumiendo un gesto atribulado;

en tanto, observamos a lo alto,

buscando descubrir las naves invasoras,

aunque sólo sea esta ingrata llovizna azul lo único que por ahora nos cae. 

 

RUIDOS INCONEXOS


Los pensamientos perdidos cloquean como corazones desmantelados.

Un charco de ruidos inconexos

empapela los objetos del mundo,

carga sobre ellos

y les crece en colmenas de lagañas traslúcidas

que reverberan a la luz algodonosa de la tarde.

Así, los objetos no varían esencialmente en su peso,

pero se vuelven sensibles al roce,

y comienzan a padecer de una susceptibilidad molecular;

se descentran de sus rutinas

y rebotan por ángulos adyacentes apenas se aproximan,

y todo ello

sin que se dé una clara comprensión entre las personas.

 
Hay quienes confunden los extraños desvíos de las cosas

con caprichos torpes de sus imaginaciones,

o se consuelan pensando que los objetos tejen largas encrucijadas de símbolos.

 
Mientras, algunos desvelados indolentes

asisten a las exequias de la Naturaleza,

siempre añeja de suplicios,

hundida en su risa de árboles dementes,

ligeramente preñada de una maraña de líquenes

y de musgos de arena;

ahora huyendo

hacia los refugios subterráneos de la nada,

abandonado a todas sus criaturas,

que ya sin ella no sabrán a qué deberían parecerse.
 
 

MUJER INVISIBLE

 
Durante sus primeros pasos en la calle no había parpadeado,

así que no se dio cuenta de lo que pasaba.

Lo de siempre.

Nada más que lo de siempre:

los mares de la gente que la rodean,

las corrientes de mar humanas

trenzadas en direcciones opuestas.

Los mares perpendiculares desflecados sin olas,

disgregándose en cada esquina.

La multitud bajo las órdenes de no mirarse.


Ella anduvo, extravagante, al borde de esas miradas,

sitiada en la placidez de su transparencia,

igual a todos los días.
 


CÓMO LA CIUDAD ZARPA HACIA EL MAR

 
Las veredas navegan por sobre la pulpa de cristal pulido del planeta,
 
en una deriva que desperdiga la ciudad a lo largo del océano.

Sobre las olas gigantes queda la impronta de los millones de gestos a medias,
 
de los saludos tímidos,

de las palabras huidizas y de los impulsos cercenados.

En el desorden del agua,

la ciudad se anegará como una ceniza candente,

convertida en el resto de un caos primordial;

con su luminiscencia de vapores,

sobre la noche de estrellas desteñidas.

Y todo lo que la ciudad fue, concluirá,

atrapado por una corriente subpolar contaminada:

la succión que la rumbea hacia un resumidero

entre los témpanos de gases congelados

que cercan la avenida costanera,

y bajo cuyo peso de glaciares

todos los edificios se aplastan,

y mueren compactados en partículas de desierto.

 

PSICÓPATAS SOCIALES


Los psicópatas sociales se armaron grandes monumentos a la psicopatía

y viven dentro de ellos,

circulando por los laberintos triangulares y de cuadrículas,

yendo a pié, o en sus ruedamóviles modernos

que los bambolean de acá para allá,

entre lugares distantes,

por los caminos de brea fosilizada.

Una vez nacidos allí,

los psicópatas tienen pocas posibilidades de mudarse

hacia algún paisaje real,

aunque probablemente puedan trasladarse a otro monumento.

Los psicópatas viven con las horas contadas,

y en cierto modo todo lo reducen

a una longitud numérica.

De ahí, en parte, su psicopatía;

una psicopatía ordenada y matemática,

subdividida por conceptos asimétricos,

desde donde intentan dimensionar qué les ocurre;

preguntándose cuándo fue que a alguno

se le ocurrió una vez el entender

y echarse a esta cultura que les viene durando

como un millón de años.


En una última fascinante eclosión de éxitos,

los psicópatas sociales han desplegado en gran altura

su gracia y su talento.

Guiados por la voluntad férrea de autoproclamarse

han dilucidado cuántas veces

es infinitas veces la nada.

 
Opinan satisfechos al momento de observarse

en el espejo retrovisor de sus automóviles.

Y hablan de cosas que usualmente no vienen al caso,

salvo por ser el tema de los periódicos                                                                 

y de las pantallas,

y de los centros psicópatas de espionaje

y de control psicopático.


Ahora inventaron una televisión mayúscula

que se mira justo por arriba de las terrazas

desde cualquier lugar de la ciudad,

y ahí se televisan las imágenes de lo mal que está todo;

lo que provoca en los psicópatas largas descargas de adrenalina

y otras secreciones excitativas,

a las que se mantienen adictos desde temprano.

Por la pantalla del cielo

se transmite a un niño desprovisto de todo hogar;

un ser humanito detenido en el espacio tiempo

de algún arenal del mundo;

ahí donde, no se sabe cómo, la gente resiste.


Sentados a una mesa en la vereda de un bar,

dos psicópatas miran la pantalla,

casi ignorando el significado de la imagen,

como si el humanito fuera tal vez

un ser irreconocible,

de un planeta lejano.

Uno le dice al otro:

-¡Y qué se le va  a hacer!

Y el otro responde:

-No… si no se puede hacer nada.


Ahora están seguros de saber quiénes son.

Se han compartido el código básico del desdén por los desamparados.

Ahora se saben no albergando pensamientos piadosos.

Se reconocen en sus sentimientos

cristalizados por corazas de acero al cromo.

Se confían.

Pueden comunicarse la cruel realidad

de sus ambiciones,

la brutalidad de sus intereses,

la pésima tasación que les merecen los excluidos.
 

Como cazadores tribales

charlan sobre el gusto de las comidas,

y recuentan las vehemencias de las contiendas.

Se asisten a la exhibición de sus pasiones,

y emiten loas de sumisión

hacia los aristócratas

de los que todos tienen noticias,

y a quienes deben continua atención

o, al menos, una devoción pregonada.    

 

CIELO INCONSISTENTE


El cielo se declara inconsistente.

No hay nada más allá de la última estrella.

Solamente un espacio vacío negro infinito.

¿Por qué hay ese espacio básico,

que es previo al tiempo?

Y que mide aproximadamente la distancia

de una subpartícula de átomo.

Y que, al no haber tiempo, no dura nada.

-¡Adiós, Universo!- gritan las estrellas alocadas

y en orden,

formando una bandera de galaxias.

El universo está por ser algo,

Pero, entonces… ¡op!

Con el apagón del universo la nada florece,

ya sea que esté o que no esté,

o que, mejor dicho, nada.

 

ANIMAL NUEVO


El éxtasis se une a la especie.

Un animal nuevo recorre la ciudad del mundo.

Baila. Los que pasan por la vereda se detienen

y hacen el escenario en una rueda de baldosas antideslizantes.                           

Se dicen variadas veces: -¡Qué pasa?

Hay algunos pensando que no saben el momento en que el espectáculo termine

y tengan que aplaudir,

y empiezan a irse,

dando la vuelta a la periferia de la gente,

imaginando un silencio en el que nadie aplaude,

creyendo que los demás están distraídos

y no se puede seguir así,

sin aplausos ni un por qué de algo.


El animal nuevo se agita,

envuelto por el desconcierto de las personas.

Brilla a saltos, intensificado en su piel de traje zurcido con foquitos intermitentes.


El animal detiene sus movimientos

y su traje se convierte en un parche de arcoíris.

La gente se mece en un instante nimio,

como si sus obligaciones hubieran concluido.



LICOR DEL TIEMPO


No se permite destilar el licor del tiempo,

ese fluido seco que empapa el universo.

No se debe colocar el tiempo a fermentar

en cacharrones prodigiosos,

bajo la luz agrietada del sol inmóvil.


Improcedente sería, a la vez,

extraer los densos alcoholes que se le forman,

y luego utilizar sus impurezas residuales

para agregarle tonalidad

y un poco más de sabor

a la destilación final.

 
Y todo esto, justamente,

por la necesidad de evitar que el caldo sobrante,

algo chirle,

sea arrojado con menosprecio

al torrente de las ancianidades y de los milenios.
 
 

ALEGRÍA COMPETITIVA
 

Hay una gran alegría,

por todos lados aparecen microluces artificiales destellando en la baja atmósfera,

como ínfimas galaxias de colores que duran un instante,

o como fantasmas geométricos hechos de unos relámpagos de pocos watts.
 

La gente se toma de las manos

enguantadas en látex súper aislante.

Se entrecruzan besos de barbijos.

Sus cabezas sostienen una cabellera maciza de aluminio.

Llevan un ojo cubierto por un lente electrónico,

y al mirarse en sus ojos libres

se dan cuenta de que cada pupila es la salida

hacia un cielo negro,

y sobre ese cielo brilla el reflejo de las microluces,

encendiéndose como si brotaran

desde el fondo del espejo oscuro de sus ojos.


En medio de una felicidad estricta

la gente da un grito y se pregunta: ¿qué es esto?

Mirándose se evalúan ocultos en medio

de la tiniebla infinita, apenas conmovidos

por un chispeo de fulgores al final de la nada.


-¿De dónde vino esto?- se comentan las personas en coro.

Botas largas de amianto,

camperas antirrayos.

En un movimiento al unísono,

festivo y bestial,

se ajustan contra los rostros

sus máscaras de combate.

 

ENTES CLIMÁTICOS


El aire viene variando sus densidades interiores

y se le han formado grumos.

Grandes o muy pequeñas masas de grumos de aire

van a la deriva de las brisas

y se entrechocan con los frentes de tormenta,

comprimidos por el centrifugado veloz de los huracanes.                                  

Para la gente esto no es novedad

y, sin embargo, recién se enteran.

Ínfimos grumitos de aire apisonan el polvo

que reposa sobre los muebles.


De pronto un grumo enorme enorme

choca contra un edificio,

y se derrama por la hilera de las ventanas

hasta dar en la calle.

Una masa de aire de gran densidad

aborda las veredas,

y empieza a respirarse un poco diferente.

Hay cosas de siempre que suceden de alguna otra manera,

e inclusive las pruebas de laboratorio varían en sus resultados.


Un cambio brusco en la presión atmosférica del barrio

provoca un zumbido anodino;

los perros aúllan,

y los chicos juegan a gritarse

que hay un monstruo emboscado en las esquinas.
 


ARQUEOLOGÍA DEL FUTURO
 

Un viento opaco infiltra los grandes murallones suburbanos

y corroe los abismos de las fábricas abandonadas.

Crepita en los intersticios de los ladrillos;

se precipita a desgano

desde las terrazas incomprensibles.
 

Nos perturba esta existencia críptica de las antiguas fábricas.

No saber cuál imaginario olvidado

motivó a aquellos seres a construirlas.

 

SUBLEVACIÓN

 
Es un grito material de la insurgencia

que nos llega desde el otro lado del mundo,

y que ha viajado con la misma lentitud milenaria

de la luz cruzando las galaxias.

Es como un estruendo a entrechocar de moléculas,

anunciando llanuras en fermento,

y una sedición de selvas y de colinas emboscadas.

Sin duda es el eco de una novedad antiquísima,

de cuando la tierra procreaba la raza dominadora

de los vegetales gigantescos.

 

SINERGIA


Me encuentro abrumadoramente expuesto al sol,

con el calor de la vida sujeto y pegado

a mi recorrido de piel.

Atrapado por el cansancio ancestral de la llanura,

que me cerca desde todos los costados,

aunque estuve queriendo que no me llegara,

ni que yo tampoco fuera a dar nunca con él.

Pero vino corriendo conmigo,

comentándome sus conceptos tácticos

de esa guerra convencional de sí mismo;

él, el cansancio (incansable) como un general de diez mil batallas,

en ganador, siempre.

Y yo tropezando en la celada de su abrazo,

y quedándome combatido de desánimo y en recelo.


Pretendería espantármelo, lejos,

hasta detrás de ese confín que se supone debe estar ahí,

por algún lado;

a ver si de tanto cansar

se va rodando bajo la lámina de este mundo plano.

Pero el cansancio me retiene,

me condensa estacionariamente,

Soy su prisionero domiciliado,

su autómata inerte;

y termino derribado y vuelto a estar otra vez arriba,

ni yo sé cómo.                                                                                                            

Y sucede la dilución de mis instintos mentales,

plegado al piso en un proceso

de estampado mecánico.

Tan críticamente quedo extenuado y sólido,

que es la Tierra,

la que al impacto entre ella y yo

se desplaza algunos grados de su ángulo de giro;

pero en una rapidez tan inmediata

que, sin moverme, vuelvo a estar de pie,

con cada músculo tejido por los declives del cansancio.

Mientras,

me sostengo sobre la superficie inestable del planeta,

y el agobio se me extiende,

anegándome,

y me dicta un rechifle de letargo.


De a ratos parezco cansado de contenderlo,

y el cansancio invade todos y cualquiera

de los usuales sitios donde estar.

Y su invasión es de relámpagos rayantes

de luz abrasiva.

Y luego se me adhiere

somatizando cierto decaimiento gripal

que me detracta y adormece.

Y después me remuerde cada tendón

con una lasitud maquinal insensata.
 

A veces, el cansancio parecería desgastarse

y me deja andar de nuevo.

Entonces recomienzo a aguardarlo;

así de consabido.

 

MENOS MALO


En este mundo nada es perfecto.

Incluso Dios no es perfecto.

Él es sólo el menos malo de los dioses,

o sólo lo menos malo de todo lo que él podría ser;

pero, como es el único dios que hay,

esto no se le nota nada.

De modo que, por principio,

lo aceptamos como un suceso inestimable.

Y aun debemos vivir congratulándole las virtudes.
Porque parecería obtuso

o algo salvaje,

no vivir congratulando,

como les sucede a los seres

que viven bajo este sistema de opresión.


Nos exigimos declarar como bueno

lo que es, sencillamente, lo menos malo;

en una forma de imponernos el optimismo.

La gente entusiasmada realiza tareas,

va de compras,

y está siempre pensando en algo,

aunque nunca en todo.

En cambio, los individuos realistas

son de un actuar más discreto.


La gente procede entre los lugares,

compitiendo por armonizar;

con la ansiedad de resignarse

ante lo que les toca de menos malo,

lo cual es la actitud propia de la menos mala de las vidas,

o quizás, apenas, de sus menos malos momentos.                                                                                                                                      

 

FOTOGRAMA MODERNO


Un galeote carga con una tarea de mucha responsabilidad social.

Un galeote es un hombre-herramienta.

Un galeote es sangre explotable.

Un solo galeote puede dar luz a varias casas.

Cien galeotes dan energía a todo un pabellón.

En una pantalla miran los senderos obligatorios.

La pantalla los lleva a los paisajes sin sentido.

Muchas veces el galeote se pierde en el mundo de los paisajes,

y más tarde regresa a su celdilla de cera sólida en el pabellón de los galeotes.
 

Hoy en día los galeotes ya casi no estilan caminar.

Viajan en patines o en bicicletas.

Al llegar a sus casas consumen alimento para personas balanceadas.

En la t.v. buscan algo en un canal para galeotes.

Sus hijos practican quinientas flexiones por día;

mientras también van al colegio,

donde les enseñan a respetar la armonía del conjunto,

a hacer filas,

a ponerse firmes

y saludar a las autoridades.

Los maestros suelen ser computadoras desmemoriadas

que fallan en recordar lo indispensable.
 

El galeote no exuda saliva, sino una nada cremosa

que muchas veces le impide hablar.

La mujer del galeote es una actriz de cine que fracasó en sus planes,

pero se divirtió en las oficinas menores

de los dueños de los cinematógrafos,

aunque nunca consiguió un puesto,

y al final se enamoró del galeote

en algún baile de normalidad

dispuesto específicamente para ellos.                                                            

 

ATISBOS

 
Desde chico ya sabía que la vida no iba a salirme bien.

Había demasiadas cosas que no andaban,

que no concordaban adecuadamente.

Por un lado estaba yo,

y eso era algo incomprensible de precisar.

Por otro lado había un ámbito

que se ampliaba alrededor,

en esferas concéntricas,

como burbujas dentro de burbujas.

Y en cada una de ellas

se hallaban los seres y las cosas

que se iban superponiendo

en esto de la existencia.

La burbuja que me rodeaba en primer lugar

era mi familia, la casa, los recuerdos,

los veranos y demás costumbres.

A mi alrededor giraban las demás burbujas:

los vecinos en general,

los parientes,

los otros chicos, la escuela.

Y además había una ciudad con sus plazas

y sus calles con automóviles.

Y tal vez la burbuja de todo un mundo por ahí,

según se contaba.
 


PERDICCIONES

 
Demasiado tiempo perdido

en averiguar si las llaves de la vida se han cerrado bien.

En aprender a deletrear las palabras insulsas,

en preparar cada día; en deshacerlo

y en armarlo de nuevo;

en impedir que el polvo se asiente,

dada la ocasión de este cosmos polvoriento;

en preguntarse por qué el cielo es negro de noche

(porque las chimeneas de las estrellas lo ennegrecen).

Tiempo aspirando ese hollín nocturno,

compartiendo la gran humareda que flota en el universo.

 
Demasiado tiempo perdido en olvidarse

y en practicar los recuerdos para futuras desmemorias.

Tiempo perdido en endurecerse del miedo,

en la histeria del miedo,

y en aprender todo lo que habrá

que volver a aprenderse

tanta veces.


Tiempo en miradas a lo innecesario,

a lo acostumbrado,

a lo excitante,

a lo que nos trajina el cerebro,

y con el tiempo el trajín no decrece.
 

Tiempo perdido en decirnos la palabra todo,

en ponerle un nombre a nada,

en hablarse palabras por palabras.

Tiempo y tiempo en inventarnos amores de espejismo

para los horizontes del camino,

tanteando el aire,

como criaturas que rasguñan sueños transparentes.

Demasiado tiempo ocupados en ser veloces,

en sortear la obsesión de las miradas,

en simular estar al alcance de algún logro.

Mucho tiempo perdido en la ropa,

en fabricarla, en colorearla, en embalarla,

comprarla, combinarla, limpiarla,

coserla, cuidarla, plancharla,

guardarla y apolillarla,

imaginando que todo esto signifique algo más

que unas elementales alucinaciones colectivas.

 

MOLESTIAS

 
Millones de personas en millones de lugares contiguos,

con miles de molestias encima.

Y miles de irritaciones más

dispuestas a manifestarse al menor estímulo.

Con la atención siempre puesta al garete,

sobre los objetos que los rodean

o sobre los fantasmas que les resoplan la cabeza.

Sin saber qué se puede hacer de conjunto,

fuera de intentar aventajarse los unos a los otros

(porque en verdad es muy poco lo que puede hacerse                                     

sin ofender o incomodar a alguno).

Y así se les pasa el día;

animosos por llegar a sus cubículos,

para desentumecer el paquete de amor que guardan

dentro de un televisor, o en la alacena.

En tanto, los malestares arrecian y se multiplican.

Y nadie se molesta en intrigarse

por el sentido que podría tener

el haber nacido en este planeta.

 

MUSICALIZANDO


Que los trabajadores trabajen canturreando,

aullando por lo bajo sus canciones de lobos enjaulados.

Y que los escribientes redacten tarareando entre labios las contraseñas fugaces de este laberinto.


Las sirenas de todos los barcos

dan un terrible concierto de vientos

que la Tierra recibe, como si desde fuera

arribara una excursión de seres de sonido,

retumbando en sus naves canoras.

Los aerocoches terrestres largan chispas

de mala combustión,

que salpican y brincan entre las personas

como átomos estridentes.


Que en los comercios se hagan ofertas,

ululándole a los clientes

en las tonadas de los otros mundos humanos.

Y que los mendigos rueguen desafinados,

con sus voces decoloradas por los vinos,

y se vocalicen entre la gente las graves medidas

para no escucharlos.                                                                                                 

Que los animadores de la televisión

hablen sus tonteras solfeando.

Y que los futuros mandatarios declamen a coro

sus inmejorables intenciones ejecutivas.

 
Un dirigible de papel anuncia con gorjeos

las horas de un nuevo feriado administrativo del cielo.

  

MATERIAL GENÉTICO


En el principio fue una palabra:

¡Oo!,

que hizo la nada.

No.

La nada no podría hacer una palabra.

Ni nada.

Así que debería saberse

que en el principio

fue una palabra ¡Oo!

que se hizo.

Simple, inanimada o inquieta, depende.

Pero no un sonido,

sino sólo la palabra a secas.

Después, con el tiempo,

en algún lugar de la materia cósmica,

las palabras habrían de ser aprendidas

por medio de los sonidos.

Pero, de entrada, la palabra fue sólo eso:

una palabra sin sustento sólido ni gaseoso,

sin magnetismo,

sin radiación,

sin poder ser expresada,

sin siquiera una sílaba,

sin un mínimo ni hipotético ruidito que la representara.
 

Pero fue, hubo palabra;                                                                

que no es más que decir:

“algo hubo”,

y no tener ni la más remota idea de qué se habla.

Sin embargo, aconteció.


Y en ese inicio de su existencia

fue como si hubiera habido sin origen,

porque recién entonces el tiempo brotó

y se desplegó a lo largo de las eternidades.

De manera que la palabra ya había sido, desde siempre,

Y sin duda siempre sería.

Porque, al fin de cuentas,

el tiempo no era otra cosa que la primer consecuencia

del existir de la palabra.

Pero… ¿por qué? ¿cómo? ¿cuándo?,

y la más irrelevante de las preguntas:

¿para qué?

Después aparecieron algunas otras palabras,

y la conversación empezó a hacerse más fluida,

porque ya varias palabras configuraron todo un preludio.

 

HABIENDO PERSEGUIDO AL MUNDO

 

El mundo cada vez se le encontraba mucho más lejos que hasta entonces.

Decidió, por lo tanto, que la forma de regresar al sitio de partida

dependía más bien de su capacidad para reencontrarse,

siendo él mismo otra vez igual a cuando en otras oportunidades fuera,

y así nomás se inscribió en un retorno sin regresos

que lo trasladó hasta lo más subyacente de su existencia previa;

y en un abandono a todo destino,

y en un éxtasis de total dispersión de su materia;

o sino, mejor, de su espiritualidad indiferente;

entre tanto despliegue de destemporizaciones,

se trasegó en un cumpleaños inverso,

y presentó excusas en nombre de algo que aún no había sido.

Y en el instante innumerado de la lista de sus días de ayer

palpitó la inminencia de un primer recuerdo,

entrevisto a prisa, casi sin mirarlo,

y permaneció así una noche más, de pié,

en horas de extinción,

arrumbado por las garúas de monóxido

que lo recubrían como una corteza.

 

UNIVERSO SUPERPOBLADO POR LA PRESENCIA DE DIOS

 
Estaba en todas partes,

y muchos decían querer encontrarlo,

cuando en realidad lo que hacían

era huir de él.

Pero les era imposible.

Los acompañaba en donde estuvieran,

aunque no quisieran aceptarlo;

naufragados en sentimientos de aprensión

que les tergiversaban los sentidos;

aunque jugaran al éxtasis de oraciones,

sugiriéndose cierta invocación divina;

aun a pesar de los intentos,

malogrados con unos rituales de locos,

y aunque renegaran de su existencia

a causa de esa soledad inadmisible.