EL MONO DE MIÉRCOLES
El mono iba en una tarde de
miércoles; flotaba en medio de la semana, con un mar de horas trabajadas y con
un mar de horas por trabajar.
Algunas
veces presentía una implosión en los pulmones y sudaba cascaritas de pieles
viejas.
Mientras,
sus mejores años se le habían huido lejos del mundo, y nunca volvería a
ponérselos encima para ver qué tal lo pintarían ahora, después de haber aprendido
a olvidarse de sus sueños.
Así que al
mono, pobre, le restaban un millón de pasados, y para peor la actualidad de los
informativos era la misma mentira de siempre.
Al final
traía una historia cargada de ayeres y de porvenires sin resolver, con sus
mañanas y con sus tardes de miércoles, y toda la ausencia de esos otros días
que nunca le habían tocado. Solamente una eternidad de miércoles.
El tiempo
se agarraba a su cuerpo como una goma tan masticada, y lo envolvía en una masa
lánguida de instantes que se demoraban sobre las cosas.
De manera
que no podía avanzar un paso que ya se resbalaba y se iba de cara, apuntando
sus brazos en vaivén hacia ningún destino.
Y entonces
quedaba incompletado en una exactitud de miércoles, anclado a las largas
hileras de miércoles, y detrás de las coordenadas de las fechas y de los
relojes moriría alguna impávida noche de cualquier miércoles.
-¿Y
ahora?- se preguntó. La pregunta le salió de rastrón, como un penal mal
pateado; corrió algunos metros por sobre las baldosas, y había perdido casi
todo lo poco de su empuje cuando acabó triturada entre el pasear de la
muchedumbre.
El mono se
aplanó, sin voluntad ni dinamismo para volver a preguntarse.
El
mecanismo de los calendarios parecía trabado sobre un único día terminal.
En los
desiertos de hormigón los monos venían perdiendo la cuenta de los tantos futuros
insoportables que todavía les faltaba por agendarse.
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