viernes, 10 de enero de 2014


EL  MONO  DE  MIÉRCOLES
 El mono iba en una tarde de miércoles; flotaba en medio de la semana, con un mar de horas trabajadas y con un mar de horas por trabajar.
 Algunas veces presentía una implosión en los pulmones y sudaba cascaritas de pieles viejas.
 Mientras, sus mejores años se le habían huido lejos del mundo, y nunca volvería a ponérselos encima para ver qué tal lo pintarían ahora, después de haber aprendido a olvidarse de sus sueños.
 Así que al mono, pobre, le restaban un millón de pasados, y para peor la actualidad de los informativos era la misma mentira de siempre.
 Al final traía una historia cargada de ayeres y de porvenires sin resolver, con sus mañanas y con sus tardes de miércoles, y toda la ausencia de esos otros días que nunca le habían tocado. Solamente una eternidad de miércoles.
 El tiempo se agarraba a su cuerpo como una goma tan masticada, y lo envolvía en una masa lánguida de instantes que se demoraban sobre las cosas.
 De manera que no podía avanzar un paso que ya se resbalaba y se iba de cara, apuntando sus brazos en vaivén hacia ningún destino.
 Y entonces quedaba incompletado en una exactitud de miércoles, anclado a las largas hileras de miércoles, y detrás de las coordenadas de las fechas y de los relojes moriría alguna impávida noche de cualquier miércoles.
  -¿Y ahora?- se preguntó. La pregunta le salió de rastrón, como un penal mal pateado; corrió algunos metros por sobre las baldosas, y había perdido casi todo lo poco de su empuje cuando acabó triturada entre el pasear de la muchedumbre.
 El mono se aplanó, sin voluntad ni dinamismo para volver a preguntarse.
 El mecanismo de los calendarios parecía trabado sobre un único día terminal.
 En los desiertos de hormigón los monos venían perdiendo la cuenta de los tantos futuros insoportables que todavía les faltaba por agendarse.

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