LLUVIAS COAGULANTES
Las
lluvias coagularon los canales de desagüe, y la gente se recluyó en sus
escondrijos a sosegarse con las distracciones patológicas.
La
cosa venía radiante.
El
agua pluvial se gelatinizaba al chocar contra las bolsas de basura atómica que
se defecan desde los edificios de los barrios pudientes.
Por
las calles rodaban los restos de un monstruo traslúcido, desmenuzado en copos
fláccidos y temblequeantes.
En
las bajadas, los copos de gelatina se precipitaban con ímpetu, y se teñían del
gris oscuro de las partículas de asfalto deshechas con la lluvia.
Todo
va tan lento que las veredas parecen moverse en el sentido opuesto al correr
del agua de gelatina. Y por un momento la correntada queda inmóvil y sólo se
observan las calles huyendo hacia otra parte, lejos de la ciudad.
Los
automóviles se esfuerzan sin sentido atrapados en la viscosidad del agua.
Justo
antes de la hora en que cierran los supermercados, algunas esquinas se pueblan
de gente indecisa que no puede cruzar la calle.
Esa
noche sueñan salteado, y del vacío que les aparece entre los sueños surgen los
terrores cíclicos que los hacen despertarse sin palabras, con una sensación de
ingravidez, que ellos absurdamente atribuyen a la desidia o a un brulote de su
insistente tristeza.
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