jueves, 9 de enero de 2014


LLUVIAS COAGULANTES

Las lluvias coagularon los canales de desagüe, y la gente se recluyó en sus escondrijos a sosegarse con las distracciones patológicas.
La cosa venía radiante.
El agua pluvial se gelatinizaba al chocar contra las bolsas de basura atómica que se defecan desde los edificios de los barrios pudientes.
Por las calles rodaban los restos de un monstruo traslúcido, desmenuzado en copos fláccidos y temblequeantes.
En las bajadas, los copos de gelatina se precipitaban con ímpetu, y se teñían del gris oscuro de las partículas de asfalto deshechas con la lluvia.
Todo va tan lento que las veredas parecen moverse en el sentido opuesto al correr del agua de gelatina. Y por un momento la correntada queda inmóvil y sólo se observan las calles huyendo hacia otra parte, lejos de la ciudad.
Los automóviles se esfuerzan sin sentido atrapados en la viscosidad del agua.
Justo antes de la hora en que cierran los supermercados, algunas esquinas se pueblan de gente indecisa que no puede cruzar la calle.
Esa noche sueñan salteado, y del vacío que les aparece entre los sueños surgen los terrores cíclicos que los hacen despertarse sin palabras, con una sensación de ingravidez, que ellos absurdamente atribuyen a la desidia o a un brulote de su insistente tristeza.

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