EL MONO DE
ALMA
-Soy un mono-, se dijo.
Su pasión
por autoenfocarse y encandilarse en él hasta ya no distinguirse de nada lo
había llevado a una última calle sin salida.
Delante
estaba el monumento a la autopista, extendiéndose kilómetros y kilómetros hacia
uno y otro lado, sobre el terraplén de una ladera larga de césped, azulado por
una luz rara de luminarias gigantescas que abolían la noche.
Ahí
terminaba la calle y el mono miró el fin de la ciudad con ojos de no haber
vuelto nunca de nada.
El universo
de más allá de la autopista quién sabe qué sería.
Entonces, se
sinceró de su anquilosada monedumbre ciudadana y de su reciente descubrimiento de
lo mono que era; aunque volvió a olvidárselo en seguida, y cuando de vuelta se
acordó se dio cuenta de que todo ese vaivén de su conciencia no hacía más que
certificarlo. Él era un mono. Con dilemas de mono, con perplejidades y con enfados
de mono, y con un repertorio de sucesos de monos en los que se le iba la vida.
Casi
amaneció ahí hasta que consideró que tendría que volver sobre sus pasos.
Al regresar
hacia la penúltima esquina le quedó en claro que, a pesar de eso, él sí había
entendido algo, algo esencial, algo importante como la suerte o como la
explicación de todo en cuatro palabras.
Pero no
pasaba de ser la mera intuición de saber algo sin tener esperanzas de
recordarlo.
A media
mañana circundó los diagramas usuales de la selva entre la gente cumplidora de
sus deberes en esta vida.
Ellos, con
sus mentes concentradas en las posibilidades de adquirir algún producto
comercial para modernizar sus hogares, conducidos bajo los rigores de la
normalidad; considerándose tan humildemente superiores; dispuestos a ofenderse por cualquier cosa. Y siempre
vibrando en el estímulo de compartirse este mundo de violencia y de injusticias.
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