viernes, 10 de enero de 2014


EL  MONO  DE  ALMA

 -Soy un mono-, se dijo.
 Su pasión por autoenfocarse y encandilarse en él hasta ya no distinguirse de nada lo había llevado a una última calle sin salida.
 Delante estaba el monumento a la autopista, extendiéndose kilómetros y kilómetros hacia uno y otro lado, sobre el terraplén de una ladera larga de césped, azulado por una luz rara de luminarias gigantescas que abolían la noche.
 Ahí terminaba la calle y el mono miró el fin de la ciudad con ojos de no haber vuelto nunca de nada.
 El universo de más allá de la autopista quién sabe qué sería.
 Entonces, se sinceró de su anquilosada monedumbre ciudadana y de su reciente descubrimiento de lo mono que era; aunque volvió a olvidárselo en seguida, y cuando de vuelta se acordó se dio cuenta de que todo ese vaivén de su conciencia no hacía más que certificarlo. Él era un mono. Con dilemas de mono, con perplejidades y con enfados de mono, y con un repertorio de sucesos de monos en los que se le iba la vida.
 Casi amaneció ahí hasta que consideró que tendría que volver sobre sus pasos.
 Al regresar hacia la penúltima esquina le quedó en claro que, a pesar de eso, él sí había entendido algo, algo esencial, algo importante como la suerte o como la explicación de todo en cuatro palabras.
 Pero no pasaba de ser la mera intuición de saber algo sin tener esperanzas de recordarlo.
 A media mañana circundó los diagramas usuales de la selva entre la gente cumplidora de sus deberes en esta vida.
 Ellos, con sus mentes concentradas en las posibilidades de adquirir algún producto comercial para modernizar sus hogares, conducidos bajo los rigores de la normalidad; considerándose tan humildemente superiores; dispuestos  a ofenderse por cualquier cosa. Y siempre vibrando en el estímulo de compartirse este mundo de violencia y de injusticias.

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