CAMBIOS EN LA NADA POESÍA SOCIAL
INSURGENTES
Hay una humanidad de seres cautelosos
que desgreñan las membranas de los avisos
murales,
y que dentro del sopor de la jornada laboral
irrumpen sobre los sueños monetarios
con su presencia confusa y momentánea;
como un algo inexacto
entre los párpados de las veredas,
o como una sonrisa áspera,
dispuesta contra el pronóstico del dólar
para los próximos meses.
Son una especie de malentendido
existencial,
por ejemplo: un dibujo animado
sobresaliendo en el centro de una tragedia
lírica.
un tanto incomprendidos,
o a lo mejor erráticos.
Auscultan el silencio retenido en las altas esferas
y hurgan bajo los instantes de las
memorias.
Recitan alabanzas inconclusas
al transcurrir de las horas en un vértigo,
y al día demás que se les impone
con su inevitabilidad mecánica,
transgrediendo los pasados terribles y
perfectos
que acabamos de dejar en el olvido.
No se han planchado la ropa
y por eso sus trajes relucen como truenos
de hojalata,
entre los uniformes rigurosamente controlados.
Sus pelos parecen haber sido descolocados por manos inexpertas.
Su andar es observado con desdén por los
propietarios de las tiendas de indumentaria
y de zapaterías, y por los joyeros
y por los fabricantes de gel para el pelo.
Frente a los pocos remiendos de la
naturaleza
que brotan en la ciudad
toman aires de centinelas
y se detienen a presentir los olvidos de
la especie.
Sobre la cáscara de los árboles
descifran las señales de un mensaje
remoto.
Como conspiradores del desencuentro
se convocan en domicilios equivocados,
y se invitan a reuniones casuales
que tuvieren lugar un día de lluvia,
en algún barrio esporádico;
se citan donde nunca hubo nada,
y se atraen hacia esquinas imposibles
en direcciones ilógicas,
por calles y numeraciones ajenas a este universo,
y que sin embargo resultan siempre datos
simples
y que parecen tan verdaderos.
A veces, pronuncian idiomas absurdos
con gesticulaciones ardorosas;
y hacen creer que se menoscaban unos a
otros,
dados sus rictus de indignación
y sus estrafalarios ademanes dactilares.
Pero unos metros más allá ya se están
riendo,
o quizás simulen reír,
o tal vez compartan una expresión que sólo
casualmente imita una risa.
Aunque en realidad nadie sabe muy bien
qué podrán ser aquellas imposturas.
No les basta con perpetrar el error, la
ineficiencia,
o algo peor: el azar temerario.
También entre ellos se ocasionan
rebeliones
poco operativas y de difíciles
estrategias,
que raras o nulas veces pasarán a mayores.
Cualquier Nochebuena trazan rayuelas en el
asfalto,
y cruzan una avenida saltando en fila
india,
sin mirar más que las líneas y los números
marcados en el piso oscuro
con tizas de colores,
que los neumáticos borrarán enseguida,
justo cuando ellos alcancen el cielo
sobre el cordón de la vereda;
el momento exacto en que el semáforo larga
y los automovilistas aceleran cantando.
CAMBIOS
EN LA NADA
Un acto de amor recorre el mundo.
Es un instante extraño
en donde cabe el universo entero, infinito,
con todos sus recuerdos
y sus proximidades.
Un acto de amor
despierta de la existencia
en el conflagrar de un sueño.
Es el latir de la materia durando una
eternidad.
Un acto de amor recorre las galaxias.
Se bifurca en los pasadizos del tiempo.
Por la simple voluntad de estar
merodea esta realidad,
como a una sustancia incierta.
Un sólo acto de amor recorre el tiempo.
Es el tiempo.
Es ya. Ahora.
Es el acto de ser.
Un momento en que el futuro y el pasado
se nos presentan.
DESTEMPLADO
La calle hoy tan sólo un gran cascarón del
mundo;
la
hora tenue en donde todo se sostiene
sin
saberse cómo;
un
mini milagro existencial de estar andando
ante
los pabellones de la ciudad,
bajo
esta insana eventualidad azul que se llueve
como
gotas iluminadas del cielo;
mientras
armamos nuestros paraguas a contraluces;
uncidos
por el clima;
convocados
ante los anuncios de la publicidad ideológica,
que se
emiten en el nivel de subliminalidad aconsejable,
según
los propios anunciantes.
En
esta cáscara andada de lunes a lunes;
único
día de la semana que se repite día a día;
las gotas contaminan de humedad radiante
todo lo que tocan,
posándose ya casi sin poder ser absorbidas
por las telas,
por las maderas o por los papeles,
quedando siempre a punto de seguir cayendo
algo más,
desde las ropas hasta la vereda;
desde los árboles hasta esos rectángulos de
tierra
donde sobreviven acorralados;
desde las hileras de los ventanales
hasta los afiches de publicidad,
donde las gotas van a secarse,
dejando un esmaltado celeste lívido para
cuando pare.
Itinerario desencontrado de la población
estadísticamente estabilizada,
pero tensada en su ambición de poseer un
auto,
y al obtenerlo, erotizada por la tensión de conducirlo;
y luego, la tensión y el desasosiego
de abandonarlo en un garaje, o mucho peor,
sobre el asfalto, durante las noches, al
aire libre,
si es que hay algo de libre en todo esto.
en lo que debería importarles,
y que los deja en un silencio urbano,
asilados en los vehículos de pasajeros.
En la tarde, la lluvia sigue poniendo azul
la ciudad
como un arrecife en el mar de la
garúa.
Pájaros anfibios vuelan junto al tránsito,
salidos de cacería sobre las migas de
galletas
que las personas sueltan a la lluvia,
desoladas bajo los aleros de los comercios,
envejeciendo otro poco,
en espera de que amaine
y se pueda proseguir hacia nuestros
lugares.
persiguiendo un color de los semáforos,
esquivando automóviles y monopatines,
desplazándose sin control,
por efectos de esta humedad rara que le
queda al suelo,
donde nada se agarra correctamente
según la gravedad normal,
como si el centro del planeta se hubiera
corrido hacia alguna parte,
o ya no hubiera un centro gravitatorio,
y las cosas empezaran a ir cayendo para
cualquier lado.
Después de lo cual se produce un incidente
común heterogéneo:
la fuerza de una discusión
la fuerza de una discusión
que arrastra a la gente a incriminaciones
furiosas,
agregado un viento repentino
que hace redondeles
perturbando lo que se escucha,
y tal vez se haya dicho demasiado
sin que llegaran a entenderse.
El envase de gente pasa por un barrio donde
uno desciende,
y al caminar se golpean las pisadas
buscando anclarse en las ranuras de las
baldosas,
evitando que la humedad lo deslice a uno
hasta el cordón,
contra un auto estacionado,
o lo atasque junto a una vidriera,
sin poder continuar camino,
y se desmiguen galletas,
entreteniendo el hambre,
mientras llueve y envejecemos,
delineados por la vigilia de los pájaros.
La moda de los vestidos de hoy es con
adornos
de asteriscos al tono,
pantalones como en salpicadura de barros
y camisas invisibilizantes.
Un holograma al paso va mostrando el último
nuevo escenario de asesinatos en masa,
con profusión de explosiones y signos de venganza.
Por los audífonos radiales se oyen barboteos desconocidos.
Por los audífonos radiales se oyen barboteos desconocidos.
De pronto hay un tronar de bombardero
imperial
y uno instintivamente mira hacia arriba
por si no estará pasando algo en serio,
acá,
en este momento.
Pero el holograma va corriéndose unos metros
y dobla por la otra calle,
con el público asumiendo un gesto
atribulado;
en tanto, observamos a lo alto,
buscando descubrir las naves invasoras,
aunque sólo sea esta ingrata llovizna azul
lo único que por ahora nos cae.
RUIDOS INCONEXOS
Los pensamientos perdidos cloquean como
corazones desmantelados.
Un charco de ruidos inconexos
empapela los objetos del mundo,
carga sobre ellos
y les crece en colmenas de lagañas
traslúcidas
que reverberan a la luz algodonosa de la
tarde.
Así, los objetos no varían esencialmente
en su peso,
pero se vuelven sensibles al roce,
y comienzan a padecer de una
susceptibilidad molecular;
se descentran de sus rutinas
y rebotan por ángulos adyacentes apenas se
aproximan,
y todo ello
sin que se dé una clara comprensión entre
las personas.
Hay quienes confunden los extraños desvíos
de las cosas
con caprichos torpes de sus imaginaciones,
o se consuelan pensando que los objetos
tejen largas encrucijadas de símbolos.
Mientras, algunos desvelados indolentes
asisten a las exequias de la Naturaleza,
siempre añeja de suplicios,
hundida en su risa de árboles dementes,
ligeramente preñada de una maraña de
líquenes
y de musgos de arena;
ahora huyendo
hacia los refugios subterráneos de la
nada,
abandonado a todas sus criaturas,
que ya sin ella no sabrán a qué deberían
parecerse.
MUJER
INVISIBLE
Durante
sus primeros pasos en la calle no había parpadeado,
así
que no se dio cuenta de lo que pasaba.
Lo de
siempre.
Nada
más que lo de siempre:
los
mares de la gente que la rodean,
las
corrientes de mar humanas
trenzadas
en direcciones opuestas.
Los
mares perpendiculares desflecados sin olas,
disgregándose
en cada esquina.
La
multitud bajo las órdenes de no mirarse.
Ella
anduvo, extravagante, al borde de esas miradas,
sitiada
en la placidez de su transparencia,
igual
a todos los días.
CÓMO LA CIUDAD ZARPA HACIA EL MAR
Las veredas navegan por sobre la pulpa de
cristal pulido del planeta,
en una deriva que desperdiga la ciudad a lo largo
del océano.
Sobre las olas gigantes queda la impronta
de los millones de gestos a medias,
de los saludos tímidos,
de las palabras huidizas y de los impulsos
cercenados.
En el desorden del agua,
la ciudad se anegará como una ceniza
candente,
convertida en el resto de un caos
primordial;
con su luminiscencia de vapores,
sobre la noche de estrellas desteñidas.
Y todo lo que la ciudad fue, concluirá,
atrapado por una corriente subpolar
contaminada:
la succión que la rumbea hacia un
resumidero
entre los témpanos de gases congelados
que cercan la avenida costanera,
y bajo cuyo peso de glaciares
todos los edificios se aplastan,
y mueren compactados en partículas de
desierto.
PSICÓPATAS SOCIALES
Los
psicópatas sociales se armaron grandes monumentos a la psicopatía
y
viven dentro de ellos,
circulando
por los laberintos triangulares y de cuadrículas,
yendo
a pié, o en sus ruedamóviles modernos
que
los bambolean de acá para allá,
entre
lugares distantes,
por
los caminos de brea fosilizada.
Una
vez nacidos allí,
los
psicópatas tienen pocas posibilidades de mudarse
hacia
algún paisaje real,
aunque
probablemente puedan trasladarse a otro monumento.
Los
psicópatas viven con las horas contadas,
y en
cierto modo todo lo reducen
a una
longitud numérica.
De
ahí, en parte, su psicopatía;
una
psicopatía ordenada y matemática,
subdividida
por conceptos asimétricos,
desde
donde intentan dimensionar qué les ocurre;
preguntándose
cuándo fue que a alguno
se le
ocurrió una vez el entender
y
echarse a esta cultura que les viene durando
como
un millón de años.
En una
última fascinante eclosión de éxitos,
los
psicópatas sociales han desplegado en gran altura
su
gracia y su talento.
Guiados
por la voluntad férrea de autoproclamarse
han
dilucidado cuántas veces
es
infinitas veces la nada.
Opinan
satisfechos al momento de observarse
en el
espejo retrovisor de sus automóviles.
Y
hablan de cosas que usualmente no vienen al caso,
salvo
por ser el tema de los periódicos
y de
las pantallas,
y de
los centros psicópatas de espionaje
y de
control psicopático.
Ahora
inventaron una televisión mayúscula
que se
mira justo por arriba de las terrazas
desde
cualquier lugar de la ciudad,
y ahí
se televisan las imágenes de lo mal que está todo;
lo que
provoca en los psicópatas largas descargas de adrenalina
y
otras secreciones excitativas,
a las
que se mantienen adictos desde temprano.
Por la
pantalla del cielo
se
transmite a un niño desprovisto de todo hogar;
un ser
humanito detenido en el espacio tiempo
de
algún arenal del mundo;
ahí
donde, no se sabe cómo, la gente resiste.
Sentados
a una mesa en la vereda de un bar,
dos
psicópatas miran la pantalla,
casi
ignorando el significado de la imagen,
como
si el humanito fuera tal vez
un ser
irreconocible,
de un
planeta lejano.
Uno le
dice al otro:
-¡Y
qué se le va a hacer!
Y el
otro responde:
-No…
si no se puede hacer nada.
Ahora
están seguros de saber quiénes son.
Se han
compartido el código básico del desdén por los desamparados.
Ahora
se saben no albergando pensamientos piadosos.
Se
reconocen en sus sentimientos
cristalizados
por corazas de acero al cromo.
Se
confían.
Pueden
comunicarse la cruel realidad
de sus
ambiciones,
la
brutalidad de sus intereses,
la
pésima tasación que les merecen los excluidos.
Como
cazadores tribales
charlan
sobre el gusto de las comidas,
y
recuentan las vehemencias de las contiendas.
Se
asisten a la exhibición de sus pasiones,
y
emiten loas de sumisión
hacia
los aristócratas
de los
que todos tienen noticias,
y a
quienes deben continua atención
o, al
menos, una devoción pregonada.
CIELO INCONSISTENTE
El
cielo se declara inconsistente.
No hay
nada más allá de la última estrella.
Solamente
un espacio vacío negro infinito.
¿Por
qué hay ese espacio básico,
que es
previo al tiempo?
Y que
mide aproximadamente la distancia
de una
subpartícula de átomo.
Y que,
al no haber tiempo, no dura nada.
-¡Adiós,
Universo!- gritan las estrellas alocadas
y en
orden,
formando
una bandera de galaxias.
El
universo está por ser algo,
Pero,
entonces… ¡op!
Con el
apagón del universo la nada florece,
ya sea
que esté o que no esté,
o que,
mejor dicho, nada.
ANIMAL NUEVO
El
éxtasis se une a la especie.
Un
animal nuevo recorre la ciudad del mundo.
Baila.
Los que pasan por la vereda se detienen
y
hacen el escenario en una rueda de baldosas antideslizantes.
Se
dicen variadas veces: -¡Qué pasa?
Hay
algunos pensando que no saben el momento en que el espectáculo termine
y
tengan que aplaudir,
y
empiezan a irse,
dando
la vuelta a la periferia de la gente,
imaginando
un silencio en el que nadie aplaude,
creyendo
que los demás están distraídos
y no
se puede seguir así,
sin
aplausos ni un por qué de algo.
El
animal nuevo se agita,
envuelto
por el desconcierto de las personas.
Brilla
a saltos, intensificado en su piel de traje zurcido con foquitos intermitentes.
El
animal detiene sus movimientos
y su
traje se convierte en un parche de arcoíris.
La
gente se mece en un instante nimio,
como
si sus obligaciones hubieran concluido.
LICOR DEL TIEMPO
No se
permite destilar el licor del tiempo,
ese
fluido seco que empapa el universo.
No se
debe colocar el tiempo a fermentar
en
cacharrones prodigiosos,
bajo
la luz agrietada del sol inmóvil.
Improcedente
sería, a la vez,
extraer
los densos alcoholes que se le forman,
y
luego utilizar sus impurezas residuales
para
agregarle tonalidad
y un poco
más de sabor
a la
destilación final.
Y todo
esto, justamente,
por la
necesidad de evitar que el caldo sobrante,
algo
chirle,
sea
arrojado con menosprecio
al
torrente de las ancianidades y de los milenios.
ALEGRÍA
COMPETITIVA
Hay una gran alegría,
por todos lados aparecen microluces
artificiales destellando en la baja atmósfera,
como ínfimas galaxias de colores que duran
un instante,
o como fantasmas geométricos hechos de
unos relámpagos de pocos watts.
La gente se toma de las manos
enguantadas en látex súper aislante.
Se entrecruzan besos de barbijos.
Sus cabezas sostienen una cabellera maciza
de aluminio.
Llevan un ojo cubierto por un lente
electrónico,
y al mirarse en sus ojos libres
se dan cuenta de que cada pupila es la
salida
hacia un cielo negro,
y sobre ese cielo brilla el reflejo de las
microluces,
encendiéndose como si brotaran
desde el fondo del espejo oscuro de sus
ojos.
En medio de una felicidad estricta
la gente da un grito y se pregunta: ¿qué
es esto?
Mirándose se evalúan ocultos en medio
de la tiniebla infinita, apenas conmovidos
por un chispeo de fulgores al final de la
nada.
-¿De dónde vino esto?- se comentan las
personas en coro.
Botas largas de amianto,
camperas antirrayos.
En un movimiento al unísono,
festivo y bestial,
se ajustan contra los rostros
sus máscaras de combate.
ENTES
CLIMÁTICOS
El aire viene variando sus densidades
interiores
y se le han formado grumos.
Grandes o muy pequeñas masas de grumos de
aire
van a la deriva de las brisas
y se entrechocan con los frentes de
tormenta,
comprimidos por el centrifugado veloz de
los huracanes.
Para la gente esto no es novedad
y, sin embargo, recién se enteran.
Ínfimos grumitos de aire apisonan el polvo
que reposa sobre los muebles.
De pronto un grumo enorme enorme
choca contra un edificio,
y se derrama por la hilera de las ventanas
hasta dar en la calle.
Una masa de aire de gran densidad
aborda las veredas,
y empieza a respirarse un poco diferente.
Hay cosas de siempre que suceden de alguna
otra manera,
e inclusive las pruebas de laboratorio
varían en sus resultados.
Un cambio brusco en la presión atmosférica
del barrio
provoca un zumbido anodino;
los perros aúllan,
y los chicos juegan a gritarse
que hay un monstruo emboscado en las
esquinas.
ARQUEOLOGÍA DEL FUTURO
Un viento opaco infiltra los grandes
murallones suburbanos
y corroe los abismos de las fábricas
abandonadas.
Crepita en los intersticios de los
ladrillos;
se precipita a desgano
desde las terrazas incomprensibles.
Nos perturba esta existencia críptica de
las antiguas fábricas.
No saber cuál imaginario olvidado
motivó a aquellos seres a construirlas.
SUBLEVACIÓN
Es un grito material de la insurgencia
que nos llega desde el otro lado del
mundo,
y que ha viajado con la misma lentitud
milenaria
de la luz cruzando las galaxias.
Es como un estruendo a entrechocar de
moléculas,
anunciando llanuras en fermento,
y una sedición de selvas y de colinas
emboscadas.
Sin duda es el eco de una novedad
antiquísima,
de cuando la tierra procreaba la raza
dominadora
de los
vegetales gigantescos.
SINERGIA
Me encuentro abrumadoramente expuesto al
sol,
con el calor de la vida sujeto y pegado
a mi recorrido de piel.
Atrapado por el cansancio ancestral de la
llanura,
que me cerca desde todos los costados,
aunque estuve queriendo que no me llegara,
ni que yo tampoco fuera a dar nunca con él.
Pero vino corriendo conmigo,
comentándome sus conceptos tácticos
de esa guerra convencional de sí mismo;
él, el cansancio (incansable) como un
general de diez mil batallas,
en ganador, siempre.
Y yo tropezando en la celada de su abrazo,
y quedándome combatido de desánimo y en
recelo.
Pretendería espantármelo, lejos,
hasta detrás de ese confín que se supone
debe estar ahí,
por algún lado;
a ver si de tanto cansar
se va rodando bajo la lámina de este mundo
plano.
Pero el cansancio me retiene,
me condensa estacionariamente,
Soy su prisionero domiciliado,
su autómata inerte;
y termino derribado y vuelto a estar otra
vez arriba,
ni yo sé cómo.
Y sucede la dilución de mis instintos
mentales,
plegado al piso en un proceso
de estampado mecánico.
Tan críticamente quedo extenuado y sólido,
que es la Tierra,
la que al impacto entre ella y yo
se desplaza algunos grados de su ángulo de
giro;
pero en una rapidez tan inmediata
que, sin moverme, vuelvo a estar de pie,
con cada músculo tejido por los declives
del cansancio.
Mientras,
me sostengo sobre la superficie inestable
del planeta,
y el agobio se me extiende,
anegándome,
y me dicta un rechifle de letargo.
De a ratos parezco cansado de contenderlo,
y el cansancio invade todos y cualquiera
de los usuales sitios donde estar.
Y su invasión es de relámpagos rayantes
de luz abrasiva.
Y luego se me adhiere
somatizando cierto decaimiento gripal
que me detracta y adormece.
Y después me remuerde cada tendón
con una lasitud maquinal insensata.
A veces, el cansancio parecería desgastarse
y me deja andar de nuevo.
Entonces recomienzo a aguardarlo;
así de consabido.
MENOS MALO
En
este mundo nada es perfecto.
Incluso
Dios no es perfecto.
Él es
sólo el menos malo de los dioses,
o sólo
lo menos malo de todo lo que él podría ser;
pero,
como es el único dios que hay,
esto
no se le nota nada.
De
modo que, por principio,
lo
aceptamos como un suceso inestimable.
Y aun
debemos vivir congratulándole las virtudes.
Porque parecería obtuso
Porque parecería obtuso
o algo
salvaje,
no
vivir congratulando,
como
les sucede a los seres
que
viven bajo este sistema de opresión.
Nos
exigimos declarar como bueno
lo que
es, sencillamente, lo menos malo;
en una
forma de imponernos el optimismo.
La
gente entusiasmada realiza tareas,
va de
compras,
y está
siempre pensando en algo,
aunque
nunca en todo.
En
cambio, los individuos realistas
son de
un actuar más discreto.
La gente procede entre los lugares,
compitiendo por armonizar;
con la ansiedad de resignarse
ante lo que les toca de menos malo,
lo cual es la actitud propia de la menos
mala de las vidas,
o quizás, apenas, de sus menos malos
momentos.
FOTOGRAMA MODERNO
Un
galeote carga con una tarea de mucha responsabilidad social.
Un
galeote es un hombre-herramienta.
Un
galeote es sangre explotable.
Un
solo galeote puede dar luz a varias casas.
Cien
galeotes dan energía a todo un pabellón.
En una
pantalla miran los senderos obligatorios.
La
pantalla los lleva a los paisajes sin sentido.
Muchas
veces el galeote se pierde en el mundo de los paisajes,
y más
tarde regresa a su celdilla de cera sólida en el pabellón de los galeotes.
Hoy en
día los galeotes ya casi no estilan caminar.
Viajan
en patines o en bicicletas.
Al llegar
a sus casas consumen alimento para personas balanceadas.
En la
t.v. buscan algo en un canal para galeotes.
Sus
hijos practican quinientas flexiones por día;
mientras
también van al colegio,
donde
les enseñan a respetar la armonía del conjunto,
a hacer
filas,
a
ponerse firmes
y
saludar a las autoridades.
Los
maestros suelen ser computadoras desmemoriadas
que
fallan en recordar lo indispensable.
El
galeote no exuda saliva, sino una nada cremosa
que
muchas veces le impide hablar.
La
mujer del galeote es una actriz de cine que fracasó en sus planes,
pero
se divirtió en las oficinas menores
de los
dueños de los cinematógrafos,
aunque
nunca consiguió un puesto,
y al
final se enamoró del galeote
en
algún baile de normalidad
dispuesto
específicamente para ellos.
ATISBOS
Desde chico ya sabía que la vida no iba a
salirme bien.
Había demasiadas cosas que no andaban,
que no concordaban adecuadamente.
Por un lado estaba yo,
y eso era algo incomprensible de precisar.
Por otro lado había un ámbito
que se ampliaba alrededor,
en esferas concéntricas,
como burbujas dentro de burbujas.
Y en cada una de ellas
se hallaban los seres y las cosas
que se iban superponiendo
en esto de la existencia.
La burbuja que me rodeaba en primer lugar
era mi familia, la casa, los recuerdos,
los veranos y demás costumbres.
A mi alrededor giraban las demás burbujas:
los vecinos en general,
los parientes,
los otros chicos, la escuela.
Y además había una ciudad con sus plazas
y sus calles con automóviles.
Y tal vez la burbuja de todo un mundo por
ahí,
según se contaba.
PERDICCIONES
Demasiado
tiempo perdido
en
averiguar si las llaves de la vida se han cerrado bien.
En
aprender a deletrear las palabras insulsas,
en
preparar cada día; en deshacerlo
y en
armarlo de nuevo;
en
impedir que el polvo se asiente,
dada
la ocasión de este cosmos polvoriento;
en
preguntarse por qué el cielo es negro de noche
(porque
las chimeneas de las estrellas lo ennegrecen).
Tiempo
aspirando ese hollín nocturno,
compartiendo
la gran humareda que flota en el universo.
Demasiado
tiempo perdido en olvidarse
y en
practicar los recuerdos para futuras desmemorias.
Tiempo
perdido en endurecerse del miedo,
en la
histeria del miedo,
y en
aprender todo lo que habrá
que
volver a aprenderse
tanta
veces.
Tiempo
en miradas a lo innecesario,
a lo
acostumbrado,
a lo
excitante,
a lo
que nos trajina el cerebro,
y con
el tiempo el trajín no decrece.
Tiempo
perdido en decirnos la palabra todo,
en
ponerle un nombre a nada,
en
hablarse palabras por palabras.
Tiempo
y tiempo en inventarnos amores de espejismo
para
los horizontes del camino,
tanteando
el aire,
como
criaturas que rasguñan sueños transparentes.
Demasiado tiempo ocupados en ser veloces,
Demasiado tiempo ocupados en ser veloces,
en
sortear la obsesión de las miradas,
en
simular estar al alcance de algún logro.
Mucho
tiempo perdido en la ropa,
en
fabricarla, en colorearla, en embalarla,
comprarla,
combinarla, limpiarla,
coserla,
cuidarla, plancharla,
guardarla
y apolillarla,
imaginando
que todo esto signifique algo más
que
unas elementales alucinaciones colectivas.
MOLESTIAS
Millones
de personas en millones de lugares contiguos,
con
miles de molestias encima.
Y
miles de irritaciones más
dispuestas
a manifestarse al menor estímulo.
Con la
atención siempre puesta al garete,
sobre
los objetos que los rodean
o
sobre los fantasmas que les resoplan la cabeza.
Sin
saber qué se puede hacer de conjunto,
fuera
de intentar aventajarse los unos a los otros
(porque
en verdad es muy poco lo que puede hacerse
sin
ofender o incomodar a alguno).
Y así
se les pasa el día;
animosos
por llegar a sus cubículos,
para
desentumecer el paquete de amor que guardan
dentro
de un televisor, o en la alacena.
En
tanto, los malestares arrecian y se multiplican.
Y
nadie se molesta en intrigarse
por el
sentido que podría tener
el
haber nacido en este planeta.
MUSICALIZANDO
Que los trabajadores trabajen canturreando,
aullando por lo bajo sus canciones de lobos
enjaulados.
Y que los escribientes redacten tarareando
entre labios las contraseñas fugaces de este laberinto.
Las sirenas de todos los barcos
dan un terrible concierto de vientos
que la Tierra recibe, como si desde fuera
arribara una excursión de seres de sonido,
retumbando en sus naves canoras.
Los aerocoches terrestres largan chispas
de mala combustión,
que salpican y brincan entre las personas
como átomos estridentes.
Que en los comercios se hagan ofertas,
ululándole a los clientes
en las tonadas de los otros mundos humanos.
Y que los mendigos rueguen desafinados,
con sus voces decoloradas por los vinos,
y se vocalicen entre la gente las graves
medidas
para no escucharlos.
Que los animadores de la televisión
hablen sus tonteras solfeando.
Y que los futuros mandatarios declamen a
coro
sus
inmejorables intenciones ejecutivas.
Un dirigible de papel anuncia con gorjeos
las horas de un nuevo feriado
administrativo del cielo.
MATERIAL GENÉTICO
En el
principio fue una palabra:
¡Oo!,
que
hizo la nada.
No.
La
nada no podría hacer una palabra.
Ni
nada.
Así
que debería saberse
que en
el principio
fue
una palabra ¡Oo!
que se
hizo.
Simple,
inanimada o inquieta, depende.
Pero
no un sonido,
sino
sólo la palabra a secas.
Después,
con el tiempo,
en
algún lugar de la materia cósmica,
las
palabras habrían de ser aprendidas
por
medio de los sonidos.
Pero,
de entrada, la palabra fue sólo eso:
una
palabra sin sustento sólido ni gaseoso,
sin
magnetismo,
sin
radiación,
sin
poder ser expresada,
sin
siquiera una sílaba,
sin un
mínimo ni hipotético ruidito que la representara.
Pero
fue, hubo palabra;
que no es más que decir:
“algo
hubo”,
y no
tener ni la más remota idea de qué se habla.
Sin
embargo, aconteció.
Y en
ese inicio de su existencia
fue
como si hubiera habido sin origen,
porque
recién entonces el tiempo brotó
y se
desplegó a lo largo de las eternidades.
De
manera que la palabra ya había sido, desde siempre,
Y sin
duda siempre sería.
Porque,
al fin de cuentas,
el
tiempo no era otra cosa que la primer consecuencia
del
existir de la palabra.
Pero…
¿por qué? ¿cómo? ¿cuándo?,
y la
más irrelevante de las preguntas:
¿para
qué?
Después
aparecieron algunas otras palabras,
y la
conversación empezó a hacerse más fluida,
porque
ya varias palabras configuraron todo un preludio.
HABIENDO
PERSEGUIDO AL MUNDO
El mundo cada vez se le encontraba mucho
más lejos que hasta entonces.
Decidió, por lo tanto, que la forma de
regresar al sitio de partida
dependía más bien de su capacidad para
reencontrarse,
siendo él mismo otra vez igual a cuando en
otras oportunidades fuera,
y así nomás se inscribió en un retorno sin
regresos
que lo trasladó hasta lo más subyacente de
su existencia previa;
y en un abandono a todo destino,
y en un éxtasis de total dispersión de su
materia;
o sino, mejor, de su espiritualidad
indiferente;
entre tanto despliegue de
destemporizaciones,
se trasegó en un cumpleaños inverso,
y presentó excusas en nombre de algo que
aún no había sido.
Y en el instante innumerado de la lista de
sus días de ayer
palpitó la inminencia de un primer
recuerdo,
entrevisto a prisa, casi sin mirarlo,
y permaneció así una noche más, de pié,
en horas de extinción,
arrumbado
por las garúas de monóxido
que lo
recubrían como una corteza.
UNIVERSO SUPERPOBLADO POR LA PRESENCIA DE DIOS
Estaba
en todas partes,
y
muchos decían querer encontrarlo,
cuando
en realidad lo que hacían
era
huir de él.
Pero
les era imposible.
Los
acompañaba en donde estuvieran,
aunque
no quisieran aceptarlo;
naufragados
en sentimientos de aprensión
que
les tergiversaban los sentidos;
aunque
jugaran al éxtasis de oraciones,
sugiriéndose
cierta invocación divina;
aun a
pesar de los intentos,
malogrados
con unos rituales de locos,
y
aunque renegaran de su existencia
a
causa de esa soledad inadmisible.