Este texto lo escribí para un concurso de relatos, reales o de ficción, que organizó el Ministerio de Cultura, creo que para Mayo de 2015, recibiendo las presentaciones de los concursantes en un edificio institucional de la avenida Alvear.
El premio resultaba algo digno, lo cual sucede muy cada tanto.
Debería haber muchos concursos de literatura con premios económicos de alguna consideración. Porque no preocuparse de que los trabajos premiados sean adecuadamente retribuidos es depreciar la actividad literaria, devaluando al escritor no comercial.
Este escrito no alcanzó mérito.
Es una historia reales, de la época en que el poder aristocrático había vuelto a convertirse en tiránico, destruyendo la democracia lograda por la lucha popular, y masacrando la rebelión social comenzada al final de los años sesenta.
UN DÍA ANTES DE PRIMAVERA
-historia verídica,
algunos datos de identidad han sido cambiados-
Un año después del golpe todo seguía igual. Con el terror recomenzando cada día.
Para muchos se trataba sólo del hábito de pasarse la mitad de la vida sometidos bajo una dictadura.
Quienes tuvieron la posibilidad habían huido al exilio. A los demás sólo nos quedó la simple alternativa de sobrevivir a peligros desconocidos.
Un ejército de opresión dominaba el país; instalaron campos de concentración, y su plan de aniquilación de la disidencia política se ejecutó con eficacia.En los días en que Walsh enviaba su carta abierta a la Junta militar, yo ingresaba a la carrera de letras, en una facultad con estudiantes silenciosos y temores que se traslucían. Durante las horas de clase las tres altas escaleras del viejo edificio quedaban desoladas, pero siempre alguien de pronto se asomaba vigilando. Era obvio que ya no podía continuar pegando en las paredes los pequeños con el llamado a una desobediencia civil. En cualquier momento me descubrirían. Luego de un parcial de latín dejé la facultad. De todos modos no toleraba el ambiente casi confesional.
Además otra actividad había empezado a ocuparme los fines de semana: integrar un grupo de teatro, a unas cuadras de la estación Paso del Rey; era una hora de viaje, pero un amigo sabía de alguien que quería llevar adelante un trabajo barrial, así que fuimos a hacer la experiencia.
Nos reuníamos en una casa a unas cuadras de la estación, frente a las vías; en un lugar calmo a pesar de la proximidad de la ruta y del paso de los trenes. La casa era de apariencia común y agradable, con un jardín delantero de césped bien cuidado, y una pieza en lo alto, que era la habitación de Alejandro, el muchacho que entendía de teatro; y que para mi sorpresa tenía sólo diecisiete años, dos menos que yo, y era el menor del grupo. Me pregunté cuánto podría haber aprendido como para organizar un taller de teatro, pero la propuesta me interesaba. Sus padres eran personas cordiales y la casa parecía un lugar seguro mientras nos manejáramos con precauciones.
Nos reuníamos los sábados; a veces nos quedábamos a dormir en aquel cuarto, sobre el piso alfombrado. Alejandro tenía un equipo de música y pasábamos largos ratos escuchando nuestros discos preferidos, ya que coincidíamos en gustos musicales: Almendra, Invisible, Sui Generis, Narvaja, Vox Dei, los Quila. Algo un poco insólito en Alejandro era que hubiera sido boy scout, incluso mostraba con orgullo sus insignias. Ésa era una diferencia con respecto a mis demás conocidos, en general ajenos a instituciones disciplinarias .
Pero más que nada nos sorprendió otra cualidad de Alejandro: era un actor notable. No supimos en detalle cuáles habían sido sus estudios en ello; las condiciones del momento producían relaciones de amistad en las que lo normal era no preguntar ni dar referencias; no hablábamos de nuestra historia reciente ni de otros amigos, y nos compartíamos sólo lo poco que cada uno contaba de sí. Nunca nos fotografiamos.El taller se integró con unos diez o doce jóvenes y adolescentes más o menos constantes. Pronto Alejandro percibió que unos cuantos de nosotros una carencia de la soltura necesaria para lo actoral, que en mi caso era muy notoria. Pasábamos horas hablando sobre la actitud, la forma de ser, y sobre la sujeción de la conducta a los determinantes sociales. En ese sentido, según Alejandro, en una sociedad con un alto nivel de represión el teatro popular era un acto de libertad, y por lo tanto su práctica en sí misma era una rebelión.Una tarde hicimos con Alejandro un viaje en micro hasta Capital. Conversando le planteé algo que podía suceder a veces:-Subo a un colectivo y hay pocos asientos libres. En uno de los de a dos hay una chica sentada junto a la ventanilla y nadie a su lado. Los otros asientos que quedan son incómodos: sobre la rueda, o alguno de la hilera del fondo. Pero si me siento junto a la chica me parece que tal vez ella va a pensar que lo hago por pretender hablarle, y que también los demás pasajeros van a pensar lo mismo. Así que para evitar llamar la atención prefiero sentarme en el lugar peor.Alejandro consideró la situación desde su opinión de actor; le parecía inaceptable que las presunciones acerca del humor del público influenciaran por completo la voluntad de actuar. Me respondió:
-Si no le vas a hablar a la chica ¿qué te importa lo que ella piense? Y si le querés hablar ¿qué te importa lo que los demás piensen?-Es que sí me molesta que estén mirando.Eso le causó gracia y me dijo: -Entonces quedate parado, en señal de protesta. Un día en el taller, Alejandro había interpretado a un pasajero de pie en un colectivo, imitándolo con una precisión de mimo que hacía visible el entorno de las cosas: la asidera donde sostenía su brazo alzado, la fila de asientos, los pasajeros y los movimientos del colectivo; componiendo una relación exacta con los objetos y los cuerpos imaginarios, y a la vez transmitiendo una placidez de plena simpatía hacia la vida; sin gestos exagerados, sin caricaturas, sólo la realidad recreada en una actitud de inocencia casi silvestre, más humana que la realidad de los sometidos al sistema, más humana que la humanidad obnubilada por las rutinas y la ilusión del final feliz como en las películas.Cerca de la casa de Alejandro había un local de una sociedad de fomento que con el golpe militar había dejado de funcionar; era un salón amplio con un escenario, y logramos obtener permiso para utilizarla como taller de teatro. Los responsables del lugar aprobaron la idea de volver poner en funcionamiento ese espacio para el barrio, y nos propusimos hacerlo posible.La reinauguración fue para celebrar del día de la Independencia, un 9 de Julio que en aquel momento nos resultaba más que nunca vacío de significado, con el país sumido bajo la tiranía de los militares y los grandes empresarios, cómplices de un saqueo económico en favor del imperio. Ese día, ocupamos la mañana en limpiar y arreglar el patio posterior, que era un amplio terreno descubierto, de piso de cemento, donde ubicamos las mesas. Las señoras del barrio cocinaron para el centenar de vecinos que vinieron a participar del evento; una número que demostraba la buena convocatoria de la sociedad de fomento, aun después de más de un año de receso y a pesar del miedo y de todo. Lo más arduo fue limpiar la cancha de bochas de la maleza que la había cubierto por completo y dejarla apta para el juego. Alguien trajo las bochas y los varones tuvieron algo con que entretenerse aparte del campeonato de truco. No hubo discursos, pero sí música folclórica y baile.
Quién sabe si en aquel 9 de Julio del ’77 en todo Buenos Aires sucedería algún otro encuentro como éste, informal y casi improvisado entre los vecinos. Aquel día sentí una impresión de extrañeza, que todavía recuerdo, por la relativa imposibilidad de que ese pequeño acto populista estuviera de veras aconteciendo. Era una imagen reanimada de un país que quizás no volvería a existir por mucho tiempo, un intermedio entre real y ficticio, una representación barrial armada casi tan sólo como una anécdota. Para una semanas más tarde proyectamos nuestro debut teatral con motivo del día del niño. Ése domingo, cuando llegué a la casa ya estaba todo el grupo reunido. De inmediato, Alejandro me propuso disfrazarnos de payasos, siendo que yo era su última opción porque los demás no se habían animado a agregarle tanta audacia a sus vidas. Así que pasado el mediodía nos vestimos con algunos harapos de colores y nos cubrimos la cara con un maquillaje teatral que Alejandro guardaba para la ocasión y fuimos hasta un asentamiento cercano llevando grandes bolsas con caramelos para repartir y unos juguetitos de cotillón que Ale había conseguido. Enseguida fuimos rodeados por un enjambre de niñitos asombrados a los que Alejandro se dedicó a encantar como un maestro de comicidad, mientras yo al menos trataba de recordarme sonreír, sin que se me ocurriera qué decir que tuviera algún sentido para los niños. Aquélla fue la única vez que actué de payaso.Esa tarde presentamos en la sociedad de fomento la obra para títeres Mambrundia y Gasparindia, de Carlos Gorostiza, que Alejandro había adaptado para nuestra actuación. Es un mensaje pacifista. Mi papel fue el del alcalde que llega a informarle a Mambrú que debe ir a la guerra, así que me tocaba aparecer primero en escena:-¡Mambrú! ¡Mambrú! ¿Qué hace que todavía no está listo? ¿No sabe que tiene que ir a la guerra?-¿Cómo… a la guerra?-Y, sí, a la guerra. Pero no se preocupe, porque va a ser una guerra muy divertida. Va a haber juegos, canciones. La va a pasar muy bien, como ir de vacaciones.-Ah, entonces espere que me visto y salgo- respondía Ale, medio asomado a la ventana de una pared de papel.El soldado Gaspar, también enviado a la guerra por orden del alcalde del otro bando; era interpretado por Ernesto, quien con voz grave cantaba: “¡A la guerra me voy, me voy! ¡Qué contento que estoy! ¡Será una guerra hermosa, con caramelos y rosas!”. En el campo de batalla, los combatientes enfrentados se espantan por el paso de una bomba corríendo de un lado a otro, y desilusionados de la guerra deciden unirse en paz y mandar a los alcaldes a pelar papas.
Así que el final, mientras todos los demás festejaban junto con los chicos el fin de la guerra, sobre el escenario me encontraba con Riky, que era el otro alcalde, de penitencia en un rincón. Se suponía que debíamos estar llorando por nuestra derrota, pero ni eso nos salía bien porque no podíamos dejar de reírnos. Por el carácter general del grupo, Alejandro pensó que para más adelante podríamos hacer una obra cómica, género al que tal vez nos adaptaríamos fácilmente.
Un sábado, tras el atardecer, nos sentamos en ronda en la habitación para leer en voz alta una obra breve de Dalmiro Sáenz: “¿Quién, yo?”, que es un delirio gracioso. Leíamos rotando cada uno una página, pero nos resultó imposible hacer la lectura con fluidez, afectados por inevitables accesos de hilaridad. Es un tipo de literatura absurda que nos contagiaba una risa recurrente. Como Alejandro ya conocía el relato podía permanecer sereno, apenas sonriendo y curioso ante nuestro reír compulsivo, porque aunque intentábamos contenernos de pronto nos surgían carcajadas difíciles de apaciguar. Cuando tocó mi turno de leer tuve esperanzas de que mi hábito de lector me permitiría mantener la sobriedad, pero al llegar a una de esas partes del diálogo en que, interrogado por el fiscal, el personaje acusado responde repetidamente: -¿Quién, yo?- mi temple fue superado y debí abandonar la lectura sin poder concluir la página que me correspondía.Resultó una hora infructuosa tratando de controlar nuestras risas impetuosas. La lectura en voz alta de aquella obra nos ponía en estado de jolgorio químicamente puro, dado que no consumíamos bebidas alcohólicas, y mucho menos drogas, que para nuestro sector generacional en ese entonces eran algo casi desconocido. Simplemente andábamos en un camino existencial de anhelos de libertad, y en la habitual emoción de nuestroa ideales.
Éramos como los guardianes de la vocación de un arte popular, en esa época cruzada por la apatía y las patrullas policiales.Luego de aquella noche, la idea de hacer una obra cómica pasó a segundo plano, en espera de mejorar nuestra compostura actoral. Una vez discutimos si toda risa en verdad tendría que ver más con nervios y ansiedades que con la alegría. Alguien destacó que el marco de esa obra teatral es un interrogatorio en un juicio por el motivo de una acusación absurda, lo que indicaba el sometimiento a un poder. Y quizás eso fuera el detonante de las risas: el fondo represivo en lo cual lo cómico se intensificaba por el reflejo patético de la realidad que nos cercaba.A lo mejor también por necesidades de reírse de algo fue que por esos meses habían tenido éxito de circulación masiva unos chistes con la temática de los opas, deficientes mentales, y pululaban por docenas. Y aunque se festejaban como genialidades del espíritu nacional, no eran más que la vieja costumbre de burlarse de los tontos, en un nuevo tono de sarcasmo. Una noche conversábamos sentados alrededor de una mesa puesta en el jardín delantero, iluminados apenas con la luz distante de una lamparita, y en la media oscuridad Alejandro hojeaba un diario. De pronto, bastante sorprendido, anunció la noticia de que los militares habían prohibido los chistes de opas. Riki dijo: -Es que se deben dar por aludidos- lo que desató paroxismo de risas. Riki siempre estaba de buen humor; su compañera, Gladys, era igual de risueña, y componían una pareja de armonía maravillosa. Por esos días preparamos una puesta teatral seria, y convocamos a los vecinos para la función. La obra fue La Isla Desierta, de Roberto Arlt, que cuenta con la ventaja de ser un diálogo entre varios oficinistas en su lugar de trabajo, lo que permite tener todo el tiempo a la vista sobre los escritorios papeles con la letra. Actuaron como oficinistas Ernesto, Flora, Gladys, Riki y Adela. Alejandro, que hacía el personaje protagónico del cafetero, era el único obligado a memorizar su papel, aunque parecía ya haberlo representado en alguna oportunidad previa, porque desde el primer ensayo su dominio resultó completo. Hacía una interpretación exacta de las indicaciones del propio Arlt para ese personaje: "Simple y complicado, exquisito y brutal, su voz, por momentos compasiva".Los vecinos acudieron en buen número y hasta faltaron sillas.Algunos de ellos tal vez recuerden tanto como yo las severas declamaciones de Alejandro: "-¡Ruborizaos, amanuenses! ¡Llorad lágrimas de tinta!"Estremecía ese adolescente frágil que podía convertirse en un repentino trueno de indignación:
"-Os preguntaréis: ¿Qué he hecho de mi vida? ¡Consagrarla a la teneduría de libros! ¡¡Bestias!!"Esta presentación fue la última actividad realizada por el grupo.Una semana más tarde supimos que un asistente que a veces se acercaba al grupo había sido capturado a causa de su militancia. Decidimos que ya no era seguro continuar las reuniones. Algunos dejaron sus viviendas.
Una noche fui hasta Paso de Rey. Alejandro estaba cenando con su familia. Fuimos a charlar aparte unos minutos. Le dije que se ocultara en mi casa. Me dijo que no, porque sus padres quedarían en peligro, y que de todos modos la situación era bastante incierta. Me volví, queriendo creer que nada sucedería.
La noche siguiente, soldados bajo el mando de la fuerza aérea de la zona rodearon la casa. Alejandro dormía. Su madre les rogó que al menos lo dejaran vestirse, y se lo permitieron. Es de imaginar esos momentos angustiantes de estar preparándose para tener que entregarse posiblemente hacia la tortura y la muerte.
Ese esos mismos momentos también se llevaban a Riki y a Galdys. El 20 de septiembre de 1977, un día antes de primavera, Alejandro Fabián Aibar y ellos fueron secuestrados y aún continúan desaparecidos.
Tal vez algún día el pueblo argentino entenderá cuánto se le ha quitado.
fin
El premio resultaba algo digno, lo cual sucede muy cada tanto.
Debería haber muchos concursos de literatura con premios económicos de alguna consideración. Porque no preocuparse de que los trabajos premiados sean adecuadamente retribuidos es depreciar la actividad literaria, devaluando al escritor no comercial.
Este escrito no alcanzó mérito.
Es una historia reales, de la época en que el poder aristocrático había vuelto a convertirse en tiránico, destruyendo la democracia lograda por la lucha popular, y masacrando la rebelión social comenzada al final de los años sesenta.
UN DÍA ANTES DE PRIMAVERA
-historia verídica,
algunos datos de identidad han sido cambiados-
Un año después del golpe todo seguía igual. Con el terror recomenzando cada día.
Para muchos se trataba sólo del hábito de pasarse la mitad de la vida sometidos bajo una dictadura.
Quienes tuvieron la posibilidad habían huido al exilio. A los demás sólo nos quedó la simple alternativa de sobrevivir a peligros desconocidos.
Un ejército de opresión dominaba el país; instalaron campos de concentración, y su plan de aniquilación de la disidencia política se ejecutó con eficacia.En los días en que Walsh enviaba su carta abierta a la Junta militar, yo ingresaba a la carrera de letras, en una facultad con estudiantes silenciosos y temores que se traslucían. Durante las horas de clase las tres altas escaleras del viejo edificio quedaban desoladas, pero siempre alguien de pronto se asomaba vigilando. Era obvio que ya no podía continuar pegando en las paredes los pequeños con el llamado a una desobediencia civil. En cualquier momento me descubrirían. Luego de un parcial de latín dejé la facultad. De todos modos no toleraba el ambiente casi confesional.
Además otra actividad había empezado a ocuparme los fines de semana: integrar un grupo de teatro, a unas cuadras de la estación Paso del Rey; era una hora de viaje, pero un amigo sabía de alguien que quería llevar adelante un trabajo barrial, así que fuimos a hacer la experiencia.
Nos reuníamos en una casa a unas cuadras de la estación, frente a las vías; en un lugar calmo a pesar de la proximidad de la ruta y del paso de los trenes. La casa era de apariencia común y agradable, con un jardín delantero de césped bien cuidado, y una pieza en lo alto, que era la habitación de Alejandro, el muchacho que entendía de teatro; y que para mi sorpresa tenía sólo diecisiete años, dos menos que yo, y era el menor del grupo. Me pregunté cuánto podría haber aprendido como para organizar un taller de teatro, pero la propuesta me interesaba. Sus padres eran personas cordiales y la casa parecía un lugar seguro mientras nos manejáramos con precauciones.
Nos reuníamos los sábados; a veces nos quedábamos a dormir en aquel cuarto, sobre el piso alfombrado. Alejandro tenía un equipo de música y pasábamos largos ratos escuchando nuestros discos preferidos, ya que coincidíamos en gustos musicales: Almendra, Invisible, Sui Generis, Narvaja, Vox Dei, los Quila. Algo un poco insólito en Alejandro era que hubiera sido boy scout, incluso mostraba con orgullo sus insignias. Ésa era una diferencia con respecto a mis demás conocidos, en general ajenos a instituciones disciplinarias .
Pero más que nada nos sorprendió otra cualidad de Alejandro: era un actor notable. No supimos en detalle cuáles habían sido sus estudios en ello; las condiciones del momento producían relaciones de amistad en las que lo normal era no preguntar ni dar referencias; no hablábamos de nuestra historia reciente ni de otros amigos, y nos compartíamos sólo lo poco que cada uno contaba de sí. Nunca nos fotografiamos.El taller se integró con unos diez o doce jóvenes y adolescentes más o menos constantes. Pronto Alejandro percibió que unos cuantos de nosotros una carencia de la soltura necesaria para lo actoral, que en mi caso era muy notoria. Pasábamos horas hablando sobre la actitud, la forma de ser, y sobre la sujeción de la conducta a los determinantes sociales. En ese sentido, según Alejandro, en una sociedad con un alto nivel de represión el teatro popular era un acto de libertad, y por lo tanto su práctica en sí misma era una rebelión.Una tarde hicimos con Alejandro un viaje en micro hasta Capital. Conversando le planteé algo que podía suceder a veces:-Subo a un colectivo y hay pocos asientos libres. En uno de los de a dos hay una chica sentada junto a la ventanilla y nadie a su lado. Los otros asientos que quedan son incómodos: sobre la rueda, o alguno de la hilera del fondo. Pero si me siento junto a la chica me parece que tal vez ella va a pensar que lo hago por pretender hablarle, y que también los demás pasajeros van a pensar lo mismo. Así que para evitar llamar la atención prefiero sentarme en el lugar peor.Alejandro consideró la situación desde su opinión de actor; le parecía inaceptable que las presunciones acerca del humor del público influenciaran por completo la voluntad de actuar. Me respondió:
-Si no le vas a hablar a la chica ¿qué te importa lo que ella piense? Y si le querés hablar ¿qué te importa lo que los demás piensen?-Es que sí me molesta que estén mirando.Eso le causó gracia y me dijo: -Entonces quedate parado, en señal de protesta. Un día en el taller, Alejandro había interpretado a un pasajero de pie en un colectivo, imitándolo con una precisión de mimo que hacía visible el entorno de las cosas: la asidera donde sostenía su brazo alzado, la fila de asientos, los pasajeros y los movimientos del colectivo; componiendo una relación exacta con los objetos y los cuerpos imaginarios, y a la vez transmitiendo una placidez de plena simpatía hacia la vida; sin gestos exagerados, sin caricaturas, sólo la realidad recreada en una actitud de inocencia casi silvestre, más humana que la realidad de los sometidos al sistema, más humana que la humanidad obnubilada por las rutinas y la ilusión del final feliz como en las películas.Cerca de la casa de Alejandro había un local de una sociedad de fomento que con el golpe militar había dejado de funcionar; era un salón amplio con un escenario, y logramos obtener permiso para utilizarla como taller de teatro. Los responsables del lugar aprobaron la idea de volver poner en funcionamiento ese espacio para el barrio, y nos propusimos hacerlo posible.La reinauguración fue para celebrar del día de la Independencia, un 9 de Julio que en aquel momento nos resultaba más que nunca vacío de significado, con el país sumido bajo la tiranía de los militares y los grandes empresarios, cómplices de un saqueo económico en favor del imperio. Ese día, ocupamos la mañana en limpiar y arreglar el patio posterior, que era un amplio terreno descubierto, de piso de cemento, donde ubicamos las mesas. Las señoras del barrio cocinaron para el centenar de vecinos que vinieron a participar del evento; una número que demostraba la buena convocatoria de la sociedad de fomento, aun después de más de un año de receso y a pesar del miedo y de todo. Lo más arduo fue limpiar la cancha de bochas de la maleza que la había cubierto por completo y dejarla apta para el juego. Alguien trajo las bochas y los varones tuvieron algo con que entretenerse aparte del campeonato de truco. No hubo discursos, pero sí música folclórica y baile.
Quién sabe si en aquel 9 de Julio del ’77 en todo Buenos Aires sucedería algún otro encuentro como éste, informal y casi improvisado entre los vecinos. Aquel día sentí una impresión de extrañeza, que todavía recuerdo, por la relativa imposibilidad de que ese pequeño acto populista estuviera de veras aconteciendo. Era una imagen reanimada de un país que quizás no volvería a existir por mucho tiempo, un intermedio entre real y ficticio, una representación barrial armada casi tan sólo como una anécdota. Para una semanas más tarde proyectamos nuestro debut teatral con motivo del día del niño. Ése domingo, cuando llegué a la casa ya estaba todo el grupo reunido. De inmediato, Alejandro me propuso disfrazarnos de payasos, siendo que yo era su última opción porque los demás no se habían animado a agregarle tanta audacia a sus vidas. Así que pasado el mediodía nos vestimos con algunos harapos de colores y nos cubrimos la cara con un maquillaje teatral que Alejandro guardaba para la ocasión y fuimos hasta un asentamiento cercano llevando grandes bolsas con caramelos para repartir y unos juguetitos de cotillón que Ale había conseguido. Enseguida fuimos rodeados por un enjambre de niñitos asombrados a los que Alejandro se dedicó a encantar como un maestro de comicidad, mientras yo al menos trataba de recordarme sonreír, sin que se me ocurriera qué decir que tuviera algún sentido para los niños. Aquélla fue la única vez que actué de payaso.Esa tarde presentamos en la sociedad de fomento la obra para títeres Mambrundia y Gasparindia, de Carlos Gorostiza, que Alejandro había adaptado para nuestra actuación. Es un mensaje pacifista. Mi papel fue el del alcalde que llega a informarle a Mambrú que debe ir a la guerra, así que me tocaba aparecer primero en escena:-¡Mambrú! ¡Mambrú! ¿Qué hace que todavía no está listo? ¿No sabe que tiene que ir a la guerra?-¿Cómo… a la guerra?-Y, sí, a la guerra. Pero no se preocupe, porque va a ser una guerra muy divertida. Va a haber juegos, canciones. La va a pasar muy bien, como ir de vacaciones.-Ah, entonces espere que me visto y salgo- respondía Ale, medio asomado a la ventana de una pared de papel.El soldado Gaspar, también enviado a la guerra por orden del alcalde del otro bando; era interpretado por Ernesto, quien con voz grave cantaba: “¡A la guerra me voy, me voy! ¡Qué contento que estoy! ¡Será una guerra hermosa, con caramelos y rosas!”. En el campo de batalla, los combatientes enfrentados se espantan por el paso de una bomba corríendo de un lado a otro, y desilusionados de la guerra deciden unirse en paz y mandar a los alcaldes a pelar papas.
Así que el final, mientras todos los demás festejaban junto con los chicos el fin de la guerra, sobre el escenario me encontraba con Riky, que era el otro alcalde, de penitencia en un rincón. Se suponía que debíamos estar llorando por nuestra derrota, pero ni eso nos salía bien porque no podíamos dejar de reírnos. Por el carácter general del grupo, Alejandro pensó que para más adelante podríamos hacer una obra cómica, género al que tal vez nos adaptaríamos fácilmente.
Un sábado, tras el atardecer, nos sentamos en ronda en la habitación para leer en voz alta una obra breve de Dalmiro Sáenz: “¿Quién, yo?”, que es un delirio gracioso. Leíamos rotando cada uno una página, pero nos resultó imposible hacer la lectura con fluidez, afectados por inevitables accesos de hilaridad. Es un tipo de literatura absurda que nos contagiaba una risa recurrente. Como Alejandro ya conocía el relato podía permanecer sereno, apenas sonriendo y curioso ante nuestro reír compulsivo, porque aunque intentábamos contenernos de pronto nos surgían carcajadas difíciles de apaciguar. Cuando tocó mi turno de leer tuve esperanzas de que mi hábito de lector me permitiría mantener la sobriedad, pero al llegar a una de esas partes del diálogo en que, interrogado por el fiscal, el personaje acusado responde repetidamente: -¿Quién, yo?- mi temple fue superado y debí abandonar la lectura sin poder concluir la página que me correspondía.Resultó una hora infructuosa tratando de controlar nuestras risas impetuosas. La lectura en voz alta de aquella obra nos ponía en estado de jolgorio químicamente puro, dado que no consumíamos bebidas alcohólicas, y mucho menos drogas, que para nuestro sector generacional en ese entonces eran algo casi desconocido. Simplemente andábamos en un camino existencial de anhelos de libertad, y en la habitual emoción de nuestroa ideales.
Éramos como los guardianes de la vocación de un arte popular, en esa época cruzada por la apatía y las patrullas policiales.Luego de aquella noche, la idea de hacer una obra cómica pasó a segundo plano, en espera de mejorar nuestra compostura actoral. Una vez discutimos si toda risa en verdad tendría que ver más con nervios y ansiedades que con la alegría. Alguien destacó que el marco de esa obra teatral es un interrogatorio en un juicio por el motivo de una acusación absurda, lo que indicaba el sometimiento a un poder. Y quizás eso fuera el detonante de las risas: el fondo represivo en lo cual lo cómico se intensificaba por el reflejo patético de la realidad que nos cercaba.A lo mejor también por necesidades de reírse de algo fue que por esos meses habían tenido éxito de circulación masiva unos chistes con la temática de los opas, deficientes mentales, y pululaban por docenas. Y aunque se festejaban como genialidades del espíritu nacional, no eran más que la vieja costumbre de burlarse de los tontos, en un nuevo tono de sarcasmo. Una noche conversábamos sentados alrededor de una mesa puesta en el jardín delantero, iluminados apenas con la luz distante de una lamparita, y en la media oscuridad Alejandro hojeaba un diario. De pronto, bastante sorprendido, anunció la noticia de que los militares habían prohibido los chistes de opas. Riki dijo: -Es que se deben dar por aludidos- lo que desató paroxismo de risas. Riki siempre estaba de buen humor; su compañera, Gladys, era igual de risueña, y componían una pareja de armonía maravillosa. Por esos días preparamos una puesta teatral seria, y convocamos a los vecinos para la función. La obra fue La Isla Desierta, de Roberto Arlt, que cuenta con la ventaja de ser un diálogo entre varios oficinistas en su lugar de trabajo, lo que permite tener todo el tiempo a la vista sobre los escritorios papeles con la letra. Actuaron como oficinistas Ernesto, Flora, Gladys, Riki y Adela. Alejandro, que hacía el personaje protagónico del cafetero, era el único obligado a memorizar su papel, aunque parecía ya haberlo representado en alguna oportunidad previa, porque desde el primer ensayo su dominio resultó completo. Hacía una interpretación exacta de las indicaciones del propio Arlt para ese personaje: "Simple y complicado, exquisito y brutal, su voz, por momentos compasiva".Los vecinos acudieron en buen número y hasta faltaron sillas.Algunos de ellos tal vez recuerden tanto como yo las severas declamaciones de Alejandro: "-¡Ruborizaos, amanuenses! ¡Llorad lágrimas de tinta!"Estremecía ese adolescente frágil que podía convertirse en un repentino trueno de indignación:
"-Os preguntaréis: ¿Qué he hecho de mi vida? ¡Consagrarla a la teneduría de libros! ¡¡Bestias!!"Esta presentación fue la última actividad realizada por el grupo.Una semana más tarde supimos que un asistente que a veces se acercaba al grupo había sido capturado a causa de su militancia. Decidimos que ya no era seguro continuar las reuniones. Algunos dejaron sus viviendas.
Una noche fui hasta Paso de Rey. Alejandro estaba cenando con su familia. Fuimos a charlar aparte unos minutos. Le dije que se ocultara en mi casa. Me dijo que no, porque sus padres quedarían en peligro, y que de todos modos la situación era bastante incierta. Me volví, queriendo creer que nada sucedería.
La noche siguiente, soldados bajo el mando de la fuerza aérea de la zona rodearon la casa. Alejandro dormía. Su madre les rogó que al menos lo dejaran vestirse, y se lo permitieron. Es de imaginar esos momentos angustiantes de estar preparándose para tener que entregarse posiblemente hacia la tortura y la muerte.
Ese esos mismos momentos también se llevaban a Riki y a Galdys. El 20 de septiembre de 1977, un día antes de primavera, Alejandro Fabián Aibar y ellos fueron secuestrados y aún continúan desaparecidos.
Tal vez algún día el pueblo argentino entenderá cuánto se le ha quitado.
fin
No hay comentarios.:
Publicar un comentario