ASTRONAUTA ALCOHÓLICO
Qué
raro que algo tan evanescente provoque un estropicio tan concreto, tan real, tan
sólido, contundente. Tanto desastre.
Se
trata del alcohol.
Se
lo toma contra el mal del aburrimiento, del desánimo, de la frustración. Pero
su exceso agrava esos mismos pesares que se pretende curar o apaciguar, u
olvidar o siquiera adormecer.
Las
consecuencias dramáticas de esto comienzan a notarse en algún momento.
En
la Luna mucho más rápidamente.
Porque
en la Luna, de noche, los astronautas beben extracto de alcohol en forma de
caramelos color aluminio. Y si se pasan de caramelos hacen cosas peligrosas de
acometer en la Luna. Corren riesgos.
Como
patear con fuerza sobre la superficie y salir flotando al espacio por algunos
minutos, lo cual se logra con las suelas rebotantes, de rebotancia especial,
que se utilizan sobre el satélite planetoide.
El
problema del rebote es la caída, que nunca puede ser demasiado gravosa debido a
las mismas suelas, hechas para resistir el continuo andar rebotando de los
astronautas en la Luna, y que pueden resistir caer desde una altura de
quilómetros. Pero el problema de la caída es la condición beoda del astronauta,
la cual no le permite afirmarse con precisión al momento del realunizaje, y
factiblemente se vaya de costado, no pudiendo evitar ir a desplomarse hacia alguno
de los tantos cráteres que por ahí abundan.
Así
se observa lo cuestionable que resulta en la Luna entregarse al vicio del
caramelo de alcohol.
El
traje espacial, de alguna vez flamante, pasa a quedar convertido en una
arpillera del espacio en el revuelco a los tumbos barranca abajo por el cráter,
rodando sin parar, como un amasijo abollado. Tal vez un poco en cámara lenta,
pero irremediablemente rápido.
Cuando
al fin se ha detenido y a pesar de los raspones que sacan hilachas de amianto y
de celofán blindado, el astronauta consigue reorientarse en su nueva ubicación
dentro de ese mundo extraño.
Las
penumbras del cráter revolotean a medida que las recorre bajo el haz de su
linterna, y se descubre atascado al borde de una barranca rocosa, circundado
por precipicios. En el cielo del cráter, las pocas estrellas a la vista
burbujean, inflamándose y retrayéndose, como si amenazaran con venir a
desplomarse para este lado, pero nada más que eso.
Gracias
a las botas rebotantes no podría resultar ninguna tribulación escapar del
cráter. Bastarían algunas patadas contra el piso para impulsarse hasta el
borde. El problema es que eso requiere precisión de cálculo, y el astronauta
acaramelado de alcohol desacierta las distancias y no valora el declive de las laderas.
Y
esto el astronauta lo conoce, y un presentimiento de borrachera le indica que
debe permanecerse quieto en espera de que con el paso de las horas se le
disipen los vapores del extracto.
Lo
que se añora en las noches lunares son las lluvias de meteoritos, que en la
Tierra nos dan unos espectáculos inusuales o agradables.
Pero
en la Luna no.
En
la Luna, los aerolitos caen como vienen, sin deshacerse antes.
Aun
así no es común que caigan.
Cae
sólo uno en un millón.
Los
demás van todos a fulminarse contra la atmósfera terrestre, por el mayor poder
gravitacional.
Pero
ese meteorito único que cae, entre aquel millón que siguió de largo, puede
tener consecuencias fatales. Y esto preocupa a los astronautas mientras están
fuera de las cúpulas antimeteoritos cumpliendo con sus deberes de astronautas,
labrando las actas del suelo lunar y sus detalles orográficos, o enroscando
tubos con tubos que bajan a lo largo de las trepanaciones que perforan el
casquete reseco para descubrir qué se encuentra por debajo de la superficie.
Y
cualquier cosa que se encuentre será una sorpresa. ¿Agua? ¿Lava? ¿Metales
preciosos, como por ahí se dice?
Pero
de momento se ha perforado hasta una profundidad de más de doscientos metros y
todavía se continúa escarbando la misma materia de polvo inservible, del cual se
piensa que esté constituida toda la Luna.
Posiblemente
ahí, en el fondo del cráter, intentar algo con la radio no va a servir de nada,
salvo que fuera un cráter con antena direccional instalada, pero son pocos los
cráteres con servicio de transmisión a microondas, y éste en el que el
astronauta ha caído no es uno de ésos.
Luego
de que los sensores visuales se acostumbran un poco a la oscuridad, la lente de
captación le permite empezar a distinguir una cierta luminosidad color azul
crepúsculo. Porque en la Luna los crepúsculos son azules.
A
lo largo de los miles de millones de años desde que se produjo el impacto que
formó este cráter no ha habido ningún fenómeno erosionador, y sus acantilados
se notan cincelados por ese objeto cósmico que los cavó, disolviéndose con el
golpe, convirtiéndose en un residuo denso extendido alrededor del cráter, y formando
una circunferencia montañosa de extraños materiales interplanetarios.
También,
por supuesto, es posible que en el fondo del cráter hubieran caído algunos restos,
o sino que todo el cráter esté recubierto por un baño de meteorito pulverizado.
Y
tal vez sea así, y por eso, por esa lámina de moléculas extrañas, ahora todo el
cráter pareciera comenzar a brillar con una irradición ionosférica.
Lo
primero que hay que hacer al pasar unas horas en un cráter profundo, hasta que
al fin te encuentren, es constatar que todos los instrumentos del traje
espacial estén funcionando bien, lo que no siempre es posible en el caso de una
ebriedad lunática. En particular si se ha sido enviado con un grupo de rastreo
a un campamento experimental junto al Mar de las Crisis.
El
operario Wriwrli, de las grandes compañías argentinas del espacio, que proveían
todo tipo de personal para desempeño en tareas extraterrestres, había llegado a
la Luna por primera vez en su vida hacía un par de semanas, y ahora se podría
haber dado cuenta de que estaba encontrándose afectado por una crisis de
adaptación, si no hubiera estado tan ebrio que se podía dar cuenta de muy poca
cosa.
Y
habría tenido que reconocer que ése era el motivo por el que se hubo estado
dando a los caramelos desde que terminó su turno laboral de ese día; porque le
habían dicho: “-Mañana no se trabaja-”, informándolo que estaban en un sábado a
la noche.
Aunque
eso de la fecha venía a ser sólo un postulado gremial para las barracas de los
trabajadores manuales.
La
verdad sobre el día en que estaban no podía conocerse con rigor porque por más
que se hiciera era imposible seguir la contabilidad de las rotaciones
terrestres independientemente de la mecánica orbital de la Luna. Así que estaba
en trámite la organización de un calendario y de los husos horarios específicos
para el satélite natural.
Wriwrli,
de todos modos, sintió con nostalgia que sí era un sábado, como a las once de la noche, horario
argentino.
Presintió
que le estaba dando el “caramelo triste”, una de las reacciones psíquicas más
comunes después de la ingesta alcohólica, pasado un rato. Era el sentimiento de
no haber estado nunca en un sitio en que se creía que tal vez se habría vivido
mejor, y recordarlo sólo de alguna historia que le contaron, sin tener otra
ambición en la vida que la de ir a conocerlo algún día.
-¿Qué
hago yo en la Luna?
Ésa
era la pregunta que les surgía espontáneamente irrefrenable a quienes les
agarraba el caramelo triste, y ya dejaban de pensar en que habían dejado la
Tierra por irse a ganar una diferencia en pesos trabajando una temporada en una
empresa lunar, y empezaban a pensar que la Luna era su hogar de nacimiento, y
que más que nada vivían para estar juntando esos pesos que les permitieran ir a
visitar ese lugar de la Tierra que tanto imaginaban, habiéndose olvidado de
cuánto era lo que en realidad lo habían conocido hasta el hartazgo.
Wriwrli
había quedado atrapado hacia lo profundo de una ladera, entre rocas arrancadas
por la eclosión del meteorito, que llegaban a conformar un círculo alrededor
del fondo propiamente dicho.
Alumbrando
con la linterna, probó ir descendiendo entre ese laberinto de piedras erguidas
en filos como enormes cactus fósiles.
¿Qué
iba a hacer allá en el fondo? No se lo preguntó, porque su mente anegada por la
ebriedad no podía concebir que existiera futuro más allá de unos minutos de
distancia.
Empezó
a bajar abruptamente, errando de roca en roca según el declive del cráter, al
principio golpeándose casi peligrosamente, pero a medida que descendía y el
declive se hacía cada vez más suave se iba dejando llevar, deslizándose
estáticamente, cada vez con más lentitud, hasta que se encontró ante la
superficie plana del fondo, un suelo vítreo de unos metros de diámetro, tan
liso que las moléculas de polvillo se habían ido corriendo solas a causa de la
rotación lunar, y lucía impecable.
Apagó
la linterna y se quedó mirando extasiado en la oscuridad absoluta ese espejo
negro que reflejaba las estrellas.
Si
hubiera estado en condiciones intelectivas normales, Wriwrli se habría
preguntado qué sería aquello, pero ahora no le quedaba más que el asombro y un
dilema sin pensamientos.
De
pronto, acometió dos brincos bamboleantes y alcanzó a pisar sobre ese suelo de
espejo y dio un resbalón que casi se cae.
Era
difícil mantenerse en pié, porque en esa superficie sus botas se desplazaban
hacia sentidos opuestos y Wriwrli tendía a quedar despatarrado.
Así,
con un automatismo de inconsciencia, se sostuvo a pasos de robot, pisando de
estrella en estrella las estrellas reflejadas sobre aquel suelo pulido.
Hasta
que, por fin, en la flojera del bajón alcohólico, nada más se acostó ahí mismo,
de espaldas, contemplando las estrellas reales entre el círculo montañoso que
erizaba la abertura del cráter.
Debido
a la perfecta tersura de la superficie del fondo, Wriwrli rodó
imperceptiblemente, girando sobre sí mismo, hasta que en una oscilación de su
traje espacial se volcó hacia un costado y después el impulso lo tumbó de pecho
y el cristal del visor del casco pegó contra ese cristal del fondo del cráter,
y Wriwrli pensó que alguno de los dos cristales iría a quebrarse, pero no; y él
se quedó mirando directo al interior de la Luna, y lo que vio fue un diagrama
de las estrellas repetidas miles de veces dentro de aquel espejo hondo de la
noche. Y dedujo que la Luna era un organismo vivo casi todo hecho de cristales
y de reflejos.
En
ese momento, Wriwrli habría deseado mandarse otro caramelo de alcohol, pero se
le habían terminado.
Justo
en las antípodas, en un pleno mediodía lunar, un equipo de trabajo desmontaba
un taladro con el que se había perforado un pozo de un metro de diámetro y más
de trescientos metros de profundidad, distancia a la cual habían quedado
atascados los últimos días, sin poder continuar por la resistencia de algún
estrato geológico de rocas de extremada dureza que hicieron que la helicoidal
del trépano se recalentara y comenzara deformarse.
Ahora,
ya con toda la tubería de acople retirada de la perforación, iban a trasladar
el taladro hacia algún otro punto, en la intención de avanzar más fácilmente
hacia abajo.
Un
astronauta operario caminó a saltos hasta el foso recién desalojado, portando
una tabla metálica para tapar el agujero de la entrada.
Pero
un momento antes de hacerlo, la luz del sol del mediodía entró de lleno en el
foso, hasta el fondo, iluminando el mineral inexpugnable que había impedido que
el trépano progresara.
Así,
durante un segundo, la luz solar tocó ese metro cuadrado del diamante colosal
que conforma el cuerpo de la Luna.
Y
con aquel segundo de luz, el interior de la Luna se transformó en una esfera de
luminosidad total, centelleando secretamente por debajo de la capa del polvo
acumulado durante miles de millones de años de los aerolitos que se aniquilaron
al golpearse contra la dureza absoluta del diamante.
Y
atrapada en el cristal, desplegada y recompuesta en infinitas refracciones, a
medida que atravesaba las moléculas del diamante, la luz llegó en un fogonazo
inconcebible hasta el otro lado de la Luna, donde Wriwrli miraba beodamente en
el espejo del fondo del cráter las estrellas multiplicadas dentro del universo
caleidoscópico del interior lunar, más diáfano y más estrellado que el universo
de veras.
Y
en un momento, toda la luz solar estalló ante él, subdividida en miles de
millones de reflejos que no podían diferenciarse unos de otros en el
astronómico relampagueo de ese alud de luz, y que tampoco habría podido definir
de qué colores era, porque era un relámpago a todo color, en una gama infinita
de colores que le habría llevado toda una eternidad recordarlos uno por uno.
La
luz llenó su casco y desgastó algunos átomos más de su traje espacial.
Wriwrli
pensó, por supuesto, que la Luna se disolvía en una explosión atómica.
No
tuvo oportunidad de enterarse de más.
Por
única vez la luz tocó los escondrijos milenarios entre las rocas del cráter, en
el segundo del sol detonando por todo el diamante hasta brotar como un bramido
al otro lado de aquel mundo estéril, sin más almas que las de algunos
astronautas solitarios, de vez en cuando un poco dados a los caramelos
alcoholizantes.
En
el instante en que las tinieblas regresaban devorando de una dentellada lo que
fuera ese bocado de luminiscencia, Wrinkli oyó la señal de alarma de su traje,
anunciándole que sus tanques de oxígeno se habían vaciado por completo.
No supo bien cuánta importancia concederle a ese acontecimiento.
No supo bien cuánta importancia concederle a ese acontecimiento.
Cuando
sus sensores visuales se reacostumbraron a la oscuridad, Wrinwrli ya empezaba a
dormitar en su agonía, volviendo a ver hacia el fondo del cristal las estrellas
que en ese momento pasaban por el cielo del cráter, multiplicadas en el
diamante, superponiendo varios universos de estrellas repetidas, refractadas, y
refraccionadas geométricamente.
Y
detrás de las estrellas, el diamante regresaba a una oscuridad tan insustancial
como sólo puede serlo el material de un diamante para un haz de luz.
La
débil señal de emergencia remanente de la radio de Wrinwrli recién fue captada
cuando ya las cuadrillas de exploración no sabían si seguir buscándolo.
Desde
entonces empezó a comentarse la historia del astronauta ebrio que había
descubierto que la Luna era un diamante.
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